El cartel de cine

Si preguntamos, cualquier cinéfilo sabe que los carteles cubanos hechos para la gran pantalla, constituyen toda una leyenda. Ello, resulta afirmarlo, sin que se considere un exceso que los creadores del país han hecho escuela en ese género; al que entregaron originales creaciones, coincidiendo con las transformaciones del triunfo revolucionario.

Lo asegura la historiadora de Arte Laura Arañó Arencibia, especialista del Museo Nacional de Bellas Artes. Para avanzar más en el interés, recordemos que el proceso revolucionario cubano, desde el mismo triunfo en 1959, abarcó todos los órdenes y cambió de golpe las coordenadas estéticas.

Puede acertarse entonces el camino que recorrería el nuevo cartel, dejando atrás la intención publicitaria que dominó esos diseños hasta entonces. La política cultural cubana colocó los valores humanos por encima de los comerciales y favoreció el desarrollo de una nueva sensibilidad.

El diseño gráfico asimiló entonces preceptos de otras artes e influencias, para cobrar verdadera importancia, cuando el cartel comenzó a convertirse en algo más, y a cumplir con requerimientos distintos. Otra era la época y diferentes las exigencias.

En nuestro país, el cartel como medio de comunicación visual cambió y fue utilizado con un significado diferente, en el transcurso de la década de 1960. Rompió radicalmente con los viejos diseños y, en el ámbito cinematográfico, se convirtió en un hito para el resto del continente que mantenía los patrones del cartel de cine impregnado de elementos comerciales.

Lejos de cualquier sentimiento chovinista, citemos al actor italiano Gian María Volonté, para quien «los afiches cubanos de cine son únicos, porque dan a ese arte su propia dimensión».

Para corroborarlo al director norteamericano Francis Ford Coppola se declaró un admirador apasionado de la cartelística cubana, mientras la escritora Susan Sontag consideró que los afiches de Tony Reboiro o Eduardo Muñoz Bachs, además de cumplir con su misión publicitaria, son una auténtica obra de arte; acompañando el nuevo cine post revolucionario.

Hacia el último lustro de la década de 1960 vino a desarrollarse el pop entre las formas de la visualidad en nuestro país. Siguiendo los alcances de ese movimiento artísticos, los carteles para el cine abarcaron una dimensión mayor.

Y, aunque la calidad casi siempre está alejada de los números, lo contrario se asegura si repasamos los más de tres mil carteles que se produjeron en medio siglo, entre toda la historia del séptimo arte nacional, convertidos hoy en patrimonio de la nación; mientras nuevo diseñadores se entregan, para continuar la obra de sus predecesores, sin dejar de pensar en los carteles como obras de arte, que bien podrían incorporarse a las listas patrimoniales.

Criterio que, en estos días de tantos carteles a nuestro alrededor, detiene necesariamente la atención (tanto en la herencia como en el devenir), para reconocer cuánto más aportó el género desde el cine (entre pretéritos y presentes), al transcurrir cultural de la nación.