Cuando en 1968 el coreógrafo francés Maurice Béjart visitó La Habana, con su Ballet del Siglo XX, la coreografía cubana estaba en pleno camino para encontrar su verdadera identidad nacional.
Alberto Alonso, el pionero de la creación coreográfica cubana, había realizado un titánico trabajo desde la década de 1940; pero más enfocado a la imagen popular o pintoresca de la nación, lo que no descartó la calidad, la investigación de características cinéticas y el buen gusto al llevar a la escena imágenes del solar, la guagua, personajes como la mujer de Antonio, o la tragedia cotidiana de Cuba antes del alba.
Pero Béjart trajo la contemporaneidad cosmopolita que siempre identificó a las vanguardias artísticas cubanas y conmocionó (sin dudas) las cimientes de lo populista que podía subsistir en la danza del país.
A partir de 1970 comenzó a desarrollarse, quizás de modo espontáneo o como reflejo de madurez de la ya conocida escuela cubana de ballet, un movimiento coreográfico que tuvo entre sus mayores exponentes a tres jóvenes bailarines que, luego de varios procesos surgidos durante el fatídico quinquenio gris y de una enriquecedora estancia en el Ballet de Camagüey (entonces fuente de experimentación) entregaron a la danza cubana la genuina coreografía nacional, con toda su carga de universalidad.
Si la escuela cubana tiene en su historia unas cuatro joyas o unas tres gracias en el plano de la interpretación, también puede existir una tríada de coreógrafos, que marcó una época y un repertorio entre los años setentas y noventas del pasado siglo.
Aunque algunos de ellos se iniciaron tímidamente en la creación antes de esa fecha, su verdadero bautismo coreográfico se enmarca en esos gloriosos veinte años. Estos hoy reconocidos Maestros son Alberto Méndez, Iván Tenorio y Gustavo Herrera.
No caben dudas de que con la creación de Plásmasis, en 1970, Alberto Méndez inicia el camino de la contemporaneidad en la coreografía cubana. Dúo hecho para una competencia de ballet (en la cual obtuvo el primer premio) el prolífico creador, con más de 80 obras creadas para el Ballet Nacional, es la cabeza de este movimiento.
Ecléctico, inteligente, con un espectro temático que va desde la comedia hasta el drama, pasando por los ballets de argumento, con Mal de Ángeles o esbozos biográficos como La diva, María Callas in memoriam o recreaciones románticas como Roberto el diablo o La Péri, hasta cubanísimas estampas como Tarde en la siesta, ha entregado (con su unicidad variable) una verdadera historia de la coreografía para el ballet cubano.
Más cerebral y enfocado hacia lo temático, a Iván Tenorio se le apodó como el dramaturgo del ballet en Cuba.
Su paso por la actuación lo llevó, a partir fundamentalmente de la dramaturgia en su obra, no sólo por apoyarse en textos como Hamlet, Romeo y Julieta o La casa de Bernarda Alba; sino por estructurar sus creaciones a partir de un claro proyecto organizativo, muy cercano a lo que se como dramaturgia en los términos teatrales.
Desde Juegos profanos, conocido para la posteridad como Cantata, que realizara en sus tiempos del Ballet de Camagüey, hasta La valse o La noche de Penélope, pasando por esa joya que es Rítmicas (obra también premiada internacionalmente) Tenorio mostraría lo cubano en el diseño del movimiento en el espacio, desde un lenguaje universal.
Con una formación más versátil y venido de medios como la televisión y el cabaret, Gustavo Herrera también debutó como coreógrafo en Camagüey y con una pieza muy bejartiana: Saerpil; pero en la cual ya se esbozada lo que de criollo tendría su obra futura.
Ese mural de criollismo que fueron Cecilia Valdés, Dan-Son o Electra Garrigó, lo presentó como el creador más cercano a la corriente que generara Alberto Alonso con El güije o La rumba; aunque se mostró capaz de abordar el más puro clasicismo en Concierto en mi menor o Verdi pas de deux, haciendo valer su constante superación y el desarrollo de una carrera que aún no ha cesado.
Es incuestionable que esta tríada creadora impulsó la escuela cubana y dio una imagen propia al ballet en el país, con excelente reconocimiento por los públicos y críticas interminables, muchas de cuyas obras aún pueden disfrutarse dentro del repertorio del Ballet Nacional de Cuba y de otras compañías foráneas.
La respuesta será enviada a su correo electrónico y publicada en éste espacio.