Los seres humanos precisan de uniones sociales, familiares o laborales para intercambiar ideas o cantar juntos ante diferentes estímulos. Estas uniones trajeron consigo la creación de formaciones corales en mayor o menor cuantía para celebraciones religiosas, festivas, funerarias, sociales u otras.
Cuba, siguiendo estos argumentos y a través de la superposición inmigratoria de culturas europeas a nuestro archipiélago, nutrió su cultura con tendencias corales que se consumarían en el transcurso del siglo XX.
Destacó la gallega María Muñoz de Quevedo, que en la década de 1920 fomentó corales en cárceles, conventos e iglesias, hasta crear la Sociedad Coral de La Habana adjunta a la Sociedad Filarmónica de entonces.
Posteriormente, se sumarían otros empeños fundacionales y organizativos por el músico y compositor austriaco Paul Csonka; así como Manuel Ochoa, Serafín Pro y Electo Silva.
En el devenir, a inicios de los años sesentas surgieron el Coro Madrigalista y el Orfeón Santiago en el oriente del país, y el Coro Nacional de Cuba en La Habana; de relevancia, con el transcurso del tiempo, además de los coros profesionales de Santa Clara, Pinar del Río y Matanzas.
Entonces, ocurriría la creación de la Escuela Nacional de Arte (ENA), donde se incluyó la asignatura de Coro en el Plan de Estudios de las diferentes disciplinas musicales fundacionales; incorporando las especialidades de Dirección Coral y más tarde de Canto Coral, establecida hasta nuestros días en la enseñanza artística profesional.
En el decenio siguiente surgieron otras importantes agrupaciones: el Coro Masculino de Guantánamo y el Orfeón Holguín, las que seguirían enriqueciendo el movimiento coral en aquella parte de la geografía cubana.
A la par, llegaron oportunidades de superación profesional en el extranjero; cuando Digna Guerra, Carmen Collado, José Antonio Méndez, Argelia Fragoso, María Felicia Pérez y Electra de la Osa alcanzaron sus respectivos grados de Licenciatura en la especialidad de Dirección Coral en conservatorios de la RDA.
De igual modo, Mercedes Cedeño y Mario Bustillo emergerían graduados de similares en la URSS; y otros, como Corina Campos, María Elena Sierra y Dulce María Rodríguez, recibieron también cursos de superación en instituciones alemanas.
Esto trajo aparejado nuevas motivaciones para la creación de corales con formato cameral, entre las que cuentan el Coro de la ENA que fundó la Maestra Alina Orraca; Entrevoces, por la Maestra Digna Guerra; y Exaudi, bajo la guía de la Maestra María Felicia Pérez.
Los noventas entregaron mayores alegrías con la creación de la Schola Cantorum Coralina, Vocal Leo, Ébano y Marfil y el Coro Polifónico de La Habana, teniendo como fundadores a las maestras Alina Orraca, Corina Campos y Jorge L. Pacheco, Magdalena Carbonell, y Carmen Collado, respectivamente.
Años después, se sumaron otras formaciones de cámara: Vocal Luna, bajo la guía de Sonia McCormak; D´Profundis, también por la Maestra Digna Guerra; y la Camerata Vocale Sine Nomine fundada por Enrique Filiú.
Otras agrupaciones aparecieron en estas épocas a lo largo del país, las que han engalanado el canto colectivo en múltiples carteleras, festivales y acontecimientos, y se nutren constantemente de graduados de estas disciplinas corales o de la música en general.
De manera que tan bien sembrada semilla se enraizó sobre fuertes cimientos; lo cuales, sin dudas, han ofrecido memorables frutos de valores históricos, abriéndose paso en el mundo con resultados de excelencia.
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