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Un clásico de la renovación danzaria cubana

Escena de Impromtu Galante. Foto: La Jiribilla

El 20 de febrero de 1970, cuando Ramiro Guerra estrenó en el Teatro Mella de La Habana la obra Impromtu galante, debe ser recordado como fecha celebrable para la danza y la cultura nacional.

De aquella, rememoraría tiempo después, que soltó a los bailarines como nunca antes, «utilizando todo el espacio escénico y del teatro en su totalidad, dando tareas coreográficas a cada uno de ellos que después yo iba armando, y haciendo un final muy abierto en que el mismo público también tomaba parte».

Ese momento se establecía por medio de una suerte, de unos cartones que una bailarina entregaba a los asistentes que, según Ramiro Guerra, «creaba un estado de aleatorismo en la obra, que me situaba en una nueva etapa que me debía llevar al Decálogo del Apocalipsis».

Comentaría que Impromtu galante resultó «con un estilo en ruptura total con todo lo que había hecho anteriormente, con la cual pude desarrollar una amplia gama de humor, una temática que a mí siempre me había interesado mucho pero que no había encontrado exactamente su repercusión escénica».

Reconoció que lo intentó antes en Liborio y de cierta manera en secciones del Milagro.

«Pero entonces descubrí que el humor escénico tenía que estar basado en el aporte del intérprete, es decir, no podía yo imponer el humor, sino dejar que se desarrollara en las improvisaciones que me ofrecieran los bailarines con respecto a una temática que se fue armando, digamos a la contraposición masculina y femenina, que llevé a la sátira criolla machismo-hembrismo».

Impromtu galante es la inmersión danzaria en un espacio teatral: danzalidad y teatralidad como calidades del espectáculo con toda una ensarta de significantes inusuales hasta ese momento.

Estos resultaron ser pantallas, proyección de diapositivas, la improvisación coreográfica, la voz de los bailarines como vehículo de enunciación escénica en un espacio sin límites ni bordes; una concepción escenográfica de arquitectura aleatoria con cajones y cajas que hacían espacios de diseños funcionales nada decorativos, sin telones ni bambalinas, columpios y trapecios desde el techo del escenario y los balcones del teatro Mella.

Al mismo tiempo, devino la culminación de toda la etapa de definida búsqueda de una identidad nacional danzaria, donde tenemos el dador tríptico de Suite Yoruba, Orfeo antillano, y Medea y los negreros.

Impromtu galante es la germinación y fertilidad del granero que fue esa primera etapa que se concreta en una desacralización, cuestionamiento y transgresión de sorprendentes calidades estéticas e ideológicas que tendría su concreción en el Decálogo del Apocalipsis, obra que formalmente no tuvo una representación, aunque ha sido una de las puestas en escena más comentadas y seguidas pasada la segunda mitad de siglo XX, entre nosotros.

Evocaría Ramiro Guerra que Impromtu galante le aportó mucha repercusión, «pensaba que sería el primer escalón de ese periodo que quedó sin desarrollo al ausentarme del Conjunto Folklórico Nacional y hubiera tenido su culminación con la puesta del Decálogo del Apocalipsis, que tal vez por no haberse estrenado nunca ha quedado en mí como la mejor de mis obras».

Cada una de estas etapas estuvo caracterizada por un proceso cada vez mayor de elaboración de la técnica de los bailarines, de profundización en el estudio de la conformación de un estilo nacional de danza moderna, de una profundización del trabajo de grupo y de un desarrollo de la personalidad artística de cada bailarín.

De modo que el 20 de febrero de 1970 el estreno de Impromtu galante hace que la danza moderna cubana consolide una primera y definitiva fase conceptual estructural propia y se enrumba hacia nuevos derroteros, que si bien eran avizorados desde otras latitudes, acá adquirieron particular manifestación en el discurso coreográfico, como contenedor de los presupuestos ideo-estético seminales para la dancística nacional.

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