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Tres clásicos personajes femeninos

Vuélveme a querer, de Esther Suárez Durán, con puesta de Alejandro Palomino para Vital Teatro. Foto: Ernesto Cruz/Juventud Rebelde

Vuélveme a querer es una obra de Esther Suárez Durán donde, en un impetuoso dialogismo, entran a escena (como en una mágica convergencia) Camila, la santa de La Habana Vieja; Lala Fundora, la del refrigerador; y Luz Marina Romaguera, la del ventilador.

Pese a que vi el título en una puesta que no creo que haya posicionado debidamente los valores dramatúrgicos de ella, me quedé conseguido con el texto al cual (de alguna manera) evoco discretamente ahora; en esta ocasión que pienso en esas tres mujeres y las considero como las más dinamizadoras de la memoria teatral nuestra.

Santa Camila de La Habana Vieja, de José Ramón Brene, se estrenó en 1962, en el fervor del inicio de la Revolución. La primera Camila fue Verónica Lynn, quien solo tres meses después llegara a interpretar (también por primera vez) a la Luz Marina Romaguera de Aire Frío, de Virgilio Piñera.

El matrimonio de Ñico y Camila entra en crisis. El contexto social empieza  a cambiar. Es una exigencia la renovación, se inicia el desarrollo de subjetividades urdidas entre la nueva ideología revolucionaria y el conservadurismo religioso: dos litúrgicas en contradicción donde el atavismo de la santería es removido por el cambio social. Camila cae en un intrincado trance existencial y tiene que decidir.

Aire Frio se estrenó en 8 de diciembre de 1962, dirigida por Humberto Arenal, en la Sala Las Máscaras.

Dieciocho años transcurren en escena y vemos a Luz Marina Romaguera soportando el calor año tras año en familia, porque la familia es la familia, de ella no se queja sino del calor, y más cuando hay que dar pedal en la máquina de coser para que las cuentas cuadren y la familia tenga algo de comer.

Luz Marina se sabe fracasada, aunque sigue dando pedal para poder poner la mesa cada día y, además, comprarse un ventilador; pero decide que el dinero del ventilador sirve para pagar la edición del libro de poemas de su hermano Oscar, no entiende ni le interesan. 

Contigo pan y cebolla de Héctor Quintero se estrenó en agosto de 1964, Sergio Corrieri dirigió la puesta en Teatro Estudio, donde la primera y ya mítica Lala Fundora fue Bertha Martínez. 

Lala Fundora sí o sí necesita un refrigerador. Los 110 pesos de Anselmo Prieto hay que estirarlos hasta donde no se pueda más. Anselmito tiene que graduarse en San Alejandro y Lalita terminar los estudios. Eso sí, genios y figuras hasta la sepultura. La vecina no puede enterarse del menú fijo: arroz, huevos fritos y platanito. Como no tienen nada de qué presumir pues había que fingir.

Son estas tres obras clásicas, dentro del canon del teatro cubano, fundamentalmente por sus personajes femeninos.

¿Y qué es ser clásico y pertenecer al canon?  Bueno, de eso se ha encargado mucho Harold Bloom. Pero el ilustre profesor norteamericano  consideraba que el valor estético sobrepasaba en significancia al valor psicológico, político o social, y desde ahí establecía lo canónico. Para nosotros menospreciar las resonancias ideológicas, políticas o sociales es hasta un reduccionismo. No obstante el canon se ve como una norma o regla, un modelo, y también como una lista de autoridades a estudiar.

La sinergia entre Lala Fundora, Camila y Luz Marina no viene por la coexistencia epocal. Más allá de la invención formal y de la sustanciación estética sus manifestaciones canónicas están en el  dinamismo social, ético y moral que provocan,  en las determinaciones asociadas al género.

Lala, Luz Marina y Camila no han perdido su identidad pese a las muchas puestas en escena que han tenido ni la perderán en las que seguirán teniendo. Pueden absorber todos los sistemas significantes porque ellas son significantes que poseen la singularidad de lo múltiple.

Luz Marina, Lala Fundora y Camila, mediante sus potencias denotativas y connotativas, determinan la comunicación teatral en Aire Frío, Contigo pan y cebolla y Santa Camila de La Habana Vieja; son signos culturales más allá de la especificidad de ser signos teatrales. No se adaptan a los diferentes momentos en que se producen sus representaciones, son parte del sustrato común de la nación, el pueblo y la cultura, en tanto conforman emociones, miedos y esperanzas.

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