La extensa obra del argentino Astor Piazzola basta para que alcanzara su mayúscula celebridad alrededor del mundo. Pero notorio resulta que se convirtiera en artista universal antes de ser reconocido en la tierra que lo vio nacer, a lo que se le antepuso la tradicional escuela de tango, que ya muchas raíces había alcanzado en Argentina, como en todo el continente americano y hasta en Europa.
Por tales ascendentes fue considerado por creadores, difusores y diletantes ortodoxos como «asesino del tango», quienes prefirieron considerarlo pionero de la música contemporánea de Buenos Aires, mientras era invisibilizado en las estaciones radiales, y las disqueras no se atrevían a grabarlo.
A su formación contribuyó el pianista húngaro Bela Wilda, además de los estudios técnicos de armonía, música clásica y contemporánea que recibió con la compositora y directora de orquesta francesa Nadia Boulanger, años más tarde.
Piazzolla había viajado de niño con su familia a Nueva York, y allí (con sólo seis años de edad), recibió como regalo paterno un bandoneón, propulsado por la nostalgia de la patria abandonada; compuso entonces su primer tanto y a los trece años tuvo la dicha de conocer a Carlos Gardel, quien filmaba entonces El día que me quieras, mientras la ampulosa ciudad estadounidense le aportaba las primeras probadas de jazz, al tiempo que descubría la música de Johan Sebastian Bach.
Un primer regreso a Argentina, en 1937, lo llevó a ejercer sus dones en clubes nocturnos a través de diferentes formatos, incluyendo la orquesta de Aníbal Troilo.
Años después, por la entrega sinfónica en tres movimientos de Buenos aires, el gobierno francés le otorgó en 1953 una beca que lo llevó a Europa hasta 1955, cuando volvió a su país, donde fundó varias agrupaciones sinfónicas y camerales, aportando sus renovadoras concepciones devenidas de su ascendencia académica.
Idas y vueltas a diferentes ciudades le dieron posibilidad de grabar su música hasta que, durante una gira por Puerto Rico en 1959, recibe la noticia de la muerte de su padre en Nueva York que lo llevó a componer la que puede ser su partitura más célebre: Adiós nonino; de la que se registran cerca de 200 versiones.
Frustrado por el jazz-tango, en 1960 viaja a Buenos Aires nuevamente para formar la agrupación que lo asentaría definitivamente, con la que aportó una prolífica hoja compositiva, entre las que destacan Las estaciones; La serie del Ángel; La serie del diablo; Revirado y Fracanapa, así como Buenos Aires Hora Cero y Fugata, esta última inspirada en la impronta de Bach; época en que recibe el Premio Hiisch por su serie de Tangos sinfónicos.
Y cuando el notable músico Horacio Ferrer entró a formar parte de la vida de Piazzola, produjo el estreno de la ópera breve María de Buenos Aires y Balada para un loco, que le trajo el éxito rotundo.
Tan grande fue su fama que recibió invitaciones en giras de conciertos por Francia, Alemania, Italia, Estados Unidos, y la primera invitación a presentarse en el Teatro Colón. Sin embargo, transcurriría mucho tiempo para que el genio argentino fuera nombrado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires, y obtuviera el Premio Konex como el mejor músico de tango de vanguardia de la historia en Argentina. Paralelamente, en Bélgica, ocurrió el estreno del concierto para bandoneón y guitarra: Homenaje a Lieja.
En el transcurso, durante la última década de su vida, Piazzolla compuso más de 300 tangos y otro número importante de música para bandas sonoras de películas.
Cumple ahora cien años el gran Astor Piazzola, quien apoyado en las influencias sonoras de Bach, Béla Bartók, George Gershwin, Brian Wilson e Igor Stravinski, Alfredo Gobbi y Osvaldo Pugliese, creó un estilo propio y puro, como la visceralidad y melancolía del tango y el bandoneón.
Más de cincuenta discos han registrado la obstinada transgresión de los esquemas musicales que armaban el tango tradicional, para darles la luz de nuevos atuendos cromáticos y conceptuales.
Escuchar a Piazzola genera la adicción que produce el maridaje de misterios y sonidos que remontan al oído aguzado a horizontes oníricos inimaginables.
La pasión bonaerense, la gallardía del bandoneón, el sentido contrapuntístico del Barroco, con el añadido de elementos del jazz y armonías contemporáneas, crearon al artista único y perenne; quien nunca necesitó de lo externo o aparente, pues el protagonismo de sus éxitos, estribó (y estriba) en la autenticidad y distinción de su música.
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