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Paradigma de la música y los músicos

Alfredo Diez Nieto. Foto: Colegio de Compositores Latinoamericanos de Música de Arte

Cuando vamos a hablar de una persona, cuya vida y obra creativa han sido referentes para varias generaciones de músicos, cuando su paso por la Tierra (aún presente físicamente) ha rubricado su nombre como paradigma y ejemplo a seguir, es difícil aportar algo nuevo y diferente.

Sucede aún más si quien suscribe estas líneas es uno de los tantos de la extensa lista de beneficiados por el aura sapiente del maestro Alfredo Diez Nieto, al que muchos llaman «decano de los músicos cubanos», y no se equivocan.

Diez Nieto ha sido profesor de una gran parte de los músicos formados en el país durante más de siete décadas, ya sea en materias como Armonía, Contrapunto, Análisis de Formas Musicales o Composición.

Muchos de mis profesores contaban las anécdotas de sus años de estudio en la Escuela Nacional de Música o el Instituto Superior de Arte (ISA), donde no faltaban las alusivas a él, por su rigor y disciplina ante el estudio, o  su postura en la vida; pero, sobre todo, por ser continuador directo de Amadeo Roldán, uno de sus maestros más queridos.

De tal forma, Alfredo Diez Nieto se ha convertido en el puente entre la estética desarrollada por Roldán y Alejandro García Caturla en las primeras décadas de la pasada centuria, con el siglo en que vivimos.    

Ha sido un hombre controvertido, si tenemos en consideración que no perteneció a ninguno de los grupos de intelectuales que encabezaron la vanguardia de mediados del siglo XX en La Habana, como fueron la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo y el Grupo de Renovación Musical.

Él mismo asegura que su obra no se puede enmarcar por períodos, tomando en cuenta una supuesta evolución o contactos temporales con algunas corrientes que afloraron entonces, ya que ha seguido siempre una estética con los mismos presupuestos desde su Sinfonía No. 1, obra que quizás marcó la consolidación de su formación académica, con apenas 22 años de edad.

Dice que tuvo tres importantes influencias musicales: la española, que le llega a través de sus padres; la alemana, mediante las obras de Johann Sebastian Bach, Ludwig van Beethoven y Johannes Brahms (las tres B que recomienda estudiar a sus alumnos); y la cubana, que recibió directamente de Amadeo Roldán.

No obstante, fueron decisivos sus años de perfeccionamiento en la Juilliard School of Music de New York, donde estudió piano con Edgard Steuermann, uno de los maestros a los que acudió Alfred Brendel, a pesar de ser considerado en mayor medida un intérprete autodidacta; composición con Bernard Waagenar, y dirección de orquesta con Fritz Mahler, sobrino del gran Gustav Mahler.

De regreso a Cuba, Diez Nieto fue solicitado como profesor por muchos de los conservatorios habaneros: Iranzo (donde había estudiado y el cual dirigió luego del fallecimiento de su directora fundadora Rosario Iranzo), Costa, Bosch y Kohly.

Desde aquellos años llama la atención su desvinculación con los círculos musicales que luego trascendieron como pilares de su época: el Conservatorio Municipal de La Habana (hoy Conservatorio Amadeo Roldán), con el cual nunca se relacionó por estar concentrado en las actividades del Conservatorio Iranzo; y de los mencionados grupos artísticos de vanguardia, cuyos máximos exponentes emergieron de aquella institución.

A partir de entonces se manifestó su personalidad como un hombre austero, dedicado al trabajo, bondadoso en su trato e incapaz de imponer la divulgación de su obra. Sin ánimo egoísta ni egocentrista, Diez Nieto continuó solo en su andar, comunicándose con su música, su familia, amigos y tantos alumnos. Fue así como llegó a ocupar su lugar, ése que le corresponde a cada quien en la vida.

Lo hizo quizás inconscientemente, pero demostró no haberse equivocado en ese camino.

Hoy lo respetamos como maestro de varias generaciones de músicos, compositor activo, fundador y director de la Orquesta Popular de Conciertos, del Conservatorio Alejandro García Caturla y la Escuela de Instructores de Arte, por sólo citar algunos de los elementos que le hicieron merecer el Premio Nacional de Música en 2004 y el Premio Nacional de Enseñanza Artística de 2005. 

No por gusto, al entregarle el 5 de diciembre de 1993 el Premio de Reconocimiento de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), Harold Gramatges lo calificaría como «una figura relevante en el ámbito de nuestra cultura musical» mientras acentuó la entrega de Alfredo Diez Nieto como «una vida ejemplar, marcada por una vocación que abriría caminos hacia el reino de los sonidos».

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