Una buena parte de las biografías escritas sobre Napoleón destacan su destreza bélica, su habilidad indiscutible como estratega militar, sus notorias conquistas y el enorme poder que acumuló durante su dominación; pero pocas veces se ha reparado en hurgar acerca de sus intereses culturales y, en especial, en su gran sensibilidad musical y literaria; así como en los compositores que admiraba y en su irrefutable pasión por la ópera italiana.
Aunque en su periodo de regencia encontramos numerosos compositores franceses que incluso resultaron novedosos en cuanto al manejo de géneros y estilos creativos, el Emperador también expuso su preferencia por los compositores italianos contemporáneos.
Se sabe que una vez asumido el cargo de primer cónsul, Bonaparte conoció personalmente a Étienne Nicolas Méhul (1763-1817) autor de óperas, sinfonías, ballets; y, sobre todo, creador de numerosas canciones patrióticas y piezas de propaganda durante la Revolución Francesa. De todas, El Chant du départ lo convirtió en el primer compositor nombrado en el recién fundado Institut de France, en 1795. No obstante su compromiso con el movimiento revolucionario, cuando tuvo su primer encuentro con Napoleón, este le dejó en claro su preferencia por la música italiana; asegurando que ningún compositor ejercía mayor encanto a su sensibilidad que Giovanni Paisiello.
«La ópera es el alma misma de París, así como París es el alma de Francia», aseveraba Napoleón; a quien también se le atribuye el mérito de contribuir notoriamente a elevar el nivel musical de Francia durante su mandato, dictando resoluciones y normas de estricto cumplimiento.
Estipuló, por ejemplo, que debían presentarse anualmente ocho producciones operáticas nuevas y fijó el número de ensayos de cada una, a la vez que dispuso el pago de mejores salarios a los compositores y los cantantes; y, para ayudar a cubrir el costo, suspendió la práctica de otorgar palcos gratuitos a los funcionarios, comenzando por costear el suyo. Igualmente con el propósito de formar una reserva de cantantes, asignó 18 lugares gratuitos a los alumnos del conservatorio y arregló que un autor prominente se uniera a estos estudiantes.
Según crónicas de la época, Napoleón presenció 163 diferentes óperas y asistió a 319 representaciones; mientras su amor por la ópera se documenta en un texto que escribió en 1791, donde refiere que «la música consuela, agrada y altera pacíficamente. No debemos, por lo tanto, proscribir la música; es la compañera tierna del hombre, de sus sentimientos, inspira emociones, aumenta el gozo y mientras se saborean todos los pequeños detalles de la encantadora melodía, se ve afectado más profundamente por las delicias de la emoción».
Pero su interés no se circunscribió solo a los compositores, ni a elevar el nivel general de los jóvenes talentos, pues su oído exigente y bastante educado le permitió apreciar y reconocer a los cantantes más notables de su tiempo; mucho más si eran mujeres hermosas, como lo demuestra su relación con Giuseppina Grassini (1773-1850) célebre cantante de ópera italiana, quien lo embelesó, tanto por su voz como por su belleza física.
Fue ese notable gusto, el que también llevó a Napoleón a escribirle amorosamente a Désirée Clary que «la música es el alma del amor, la dulzura de la vida, el consuelo en el dolor y la compañera de la inocencia».
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