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Memoria martiana por el Día del Teatro Cubano

Fotograma de película José Martí: el ojo del canario (2010), de Fernando Pérez. Foto: Internet

Desde que en 1980 se instituyó el 22 de enero como Día del Teatro Cubano, además de rendir homenaje a los hombres y mujeres que mantienen viva la escena, se recuerda la fecha por sus profundas raíces en la conformación de la identidad nacional; y de lo cual dejó sus testimonios José Martí, siendo aún adolescente.

En Cuba, transitaba el primer mes de 1869 marcado por una particular situación política, cuando el gobierno colonial de España, al estallar la Guerra de los Diez Años, decidió reactivar el Batallón de Voluntarios del Orden (o el comúnmente llamado Cuerpo de Voluntarios) como un verdadero ejército de ocupación de no menos de 80 000 efectivos que tenía el control de las principales ciudades del país.

El 10 de octubre anterior había dado inicio el que resultó largo y tortuoso camino por la definitiva independencia, contienda que no dejó pasar por alto la sensibilidad política del joven Martí.

De modo que, en un periódico manuscrito que circulaba entre los estudiantes del Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana dio a conocer su ¡10 de Octubre!, un soneto de carácter patriótico donde refería: «No es un sueño, es verdad: grito de guerra / Lanza el cubano pueblo, enfurecido / El pueblo que tres siglos ha sufrido / Cuanto de negro la opresión encierra».

En medio de ese clima, la noche habanera del 22 de enero de 1869, en el teatro de Villanueva (un coliseo de madera que se levantaba a un costado del actual Museo de la Revolución) se llevó a escena la obra Perro huevero, aunque le quemen el hocico, de la cual algunos investigadores consideran que tenía reflejos de lo que vivía Cuba entonces;  pero, como apuntó Rine Leal, esa observación tiene «más imaginación patriótica que realidad dramática».

Se habían vendido todas las capacidades para la función, anunciaba a beneficio de unos insolventes que (por supuesto) no eran otros que los mambises. Comenzó la obra. Casi al final retumbó: -«No tiene vergüenza ni buena ni regular ni mala, el que no diga conmigo ¡Viva la tierra que produce la caña!», el grito fue coreado por los espectadores. Un vocerío exclamó: « ¡Viva Cuba! ¡Viva Céspedes!»

El régimen español respondió de manera sangrienta.

En las afueras del Villanueva estaban congregados los batallones de Voluntarios que empezaron a disparar sobre el edificio de hasta destrozarlo. Nunca se sabrá cuántas víctimas hubo, pues el gobierno prohibió hablar del hecho.

Mientras eran masacrados los habaneros que habían ido a solidarizarse con la causa independentista asistiendo al teatro Villanueva a la representación de Perro huevero, aunque le quemen el hocico, el joven José Martí, a punto de cumplir 16 años, se encontraba en Prado 88  donde radicaba la escuela a la que asistía y que era además la vivienda de su maestro Rafael María de Mendive.

Aquella «noche horrible», como más tarde la calificaría el Apóstol,  estaba preparando la salida de La Patria Libre, una publicación que lograría junto a su amigo Fermín Valdés Domínguez y animada por el maestro Mendive.

Solo un único número tuvo La Patria Libre, cuyas dos últimas páginas los ocuparía el poema dramático Abdala con una elocuente: «Escrito especialmente para la patria», que resultó ser su primer concepto del tema siendo aún adolescente, cuando ya animaba la lucha insurreccional.

Con poderosa gravitación poética está en Abdala su ideario revolucionario, donde preconiza y visiona lo que podía ser su propia vida de patriota, asegurando: «¡Oh, qué dulce es morir, cuando se muere / Luchando audaz por defender la patria!».

Abdala se ordena así dentro de los sucesos del Villanueva, desde una sincronía que hace que el teatro quede unido a la Guerra de Independencia y por tanto, a la Historia de  Cuba.

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