Escarbando material para una de mis acostumbradas reflexiones sobre danza cayó en mis manos una entrevista a uno de los más famosos bailarines de estos tiempos (cuyo nombre me reservaré) que reclamaba para las futuras generaciones piezas coreográficas con el mismo impacto que Giselle, El lago de los cisnes, Romeo y Julieta o Manon.
Fundamentaba su reclamo en que, actualmente, los creadores para la danza se limitan a producir obras con máximo de una hora de duración, aunque con preferencia más cortas (30, 20 o 15 minutos).
Deslindar el arte (la danza incluida) de la realidad socioeconómica, sea ésta cual fuera, es sencillamente reducirlo al mero entretenimiento. Ya a inicios del siglo XX Serge Diáguilev con sus Ballet Rusos nos hizo saber que para el hombre moderno era mucho más atractivo ver en una sola noche tres ballets que no uno de tres o cuatro actos.
Aunque las obras que produjera Diáguilev no eran de poco presupuesto, teniendo en cuenta a los diseñadores, libretistas y músicos que aglutinó, cuando se arriesgó con La bella durmiente dio como resultado una enorme bancarrota financiera.
Quienes conocen el mercado del arte saben que pocos gobiernos, consorcios o empresarios se arriesgan a costear espectáculos de toda una noche, salvo aquellos que ya se han posicionado en las cadenas comerciales (como Broadway) donde el dinero pone las reglas y se trabaja con un marketing más hacia lo comercial que hacia lo artístico.
Cats o El fantasma de la ópera, con temas universales o historias probadas, permanecen temporada tras temporada y circulan por el mundo por años y años, mientras Stomp tiene que aparecer en Off Broadway (aunque también bastante tiempo) y Contact, multipremiada con los Tony, sube al Lincoln Center... pero al teatro Vivian Beaumont.
Entonces, ¿qué coreógrafo puede pensar en llevar a la escena (digamos) Memorias de una geisha o Azteca o El código Da Vinci, o una historia contemporánea para un ballet de tres actos que costaría millones y sólo recuperaría quizás la mitad de lo invertido?
Comienzo por el factor económico, que nunca debe ser el último a considerar. Además, los creadores de nuestro tiempo también viven en el medio asfixiante del mercado, y prefieren (una concepción totalmente contemporánea) tener en cartel tres o cuatro obras en varias partes del mundo, fáciles de producir materialmente, por las que cobrarán pingües derechos de autor, que una sola monumental en un escenario riquísimo. Esto es también vida del tercer milenio.
Adoramos Giselle, El lago... o Manon como se reverencia La Mona Lisa, el Partenón o las cuevas de Altamira, por sus valores clásicos. Sin embargo, el siglo XX tuvo sus patrones estéticos: rapidez, unidad, producción, número.
Así trascendió Balanchine, quien tuvo que reestructurar no pocas obras para hacerlas moverse por el mundo: ejemplos de ello son Jewels o Who Cares? que comenzaron como espectáculos full-length y han pasado a la posteridad como ballets en un acto.
Eso lo enseñó (también) Diáguilev en 1922 con La bella durmiente, reducida luego a Las bodas de Aurora.
Si bien Frederick Ashton, John Cranko, Kenneth Mac Millan o John Neumeier hicieron grandes obras para el futuro, todas argumentales, las actuales exigencias de fundaciones o trusts que guardan sus legados hacen muy difícil que sus piezas lleguen al siglo XXI. ¡Hasta una nieta de Mijail Fokin, que dudo mucho haya hasta conocido a su abuelo, se encarga hoy de preservar su catálogo!
William Forsythe, durante sus años como director del Frankfurt Ballet, Jiri Kylian durante sus años como director del Nederland Dans Theatre en Holanda, o Mats Ek, al frente del Cullberg Ballet de Suecia, crearon piezas que reflejaban muy bien el arte contemporáneo, y dejaron clásicos como In the Middle..., Bella Figura o Soweto que están en el repertorio de no pocas compañías en el mundo, y no hay gala en la cual no se ejecuten fragmentos coreográficos de estos creadores.
Christopher Weeldon, Nacho Duato, Karole Armitage, por sólo citar algunos nombres que apelan por igual al tema o a la abstracción, tienen el espíritu de su tiempo como lo tuvieron Braque o Miró en la pintura, Brancussi o Botero en la escultura, Gropius o Neimeyer en la arquitectura, Schoenberg o Rota en la música.
Incluso los coreógrafos modernos han decodificado los clásicos anteriores para crear clásicos posmodernos, como la Giselle de Ek, El rito de Bausch o la Cenicienta de Marin, por ejemplo.
Pero la coreografía actual no puede aspirar a nuevas Margarita Gautier: hoy día la tuberculosis es curable; Manon Lescaut: hoy día la prostitución no se persigue; o parejas como los de Oberón y Titania: hoy día los cuentos de hadas a veces son difíciles de creer hasta por los niños, más dados a los juegos de matar por computadora.
El mundo moderno tiene inquietudes modernas, héroes distintos, que no se pueden hacer creíbles (y esta es una opinión muy personal) con una secuencia de fouettés o jettés.
La pantomima convencional ya no puede expresar las radiaciones atómicas ni las guerrillas ni el terrorismo. Es necesario otro lenguaje, que no quiere decir desechar el clásico, de ninguna manera. De igual modo, los clásicos del futuro en la danza no se alcanzarán con historias increíbles ni con secuencias de virtuosismo efectista.
Estamos en presencia de muchos clásicos del futuro, que por diversas razones (algunas de ellas ya expuestas) no pueden responder a los patrones ni siquiera del siglo pasado.
Tal y como podemos asistir hoy día a un teatro en ropas deportivas (cosa que antes era impensable) o adoramos a los cantantes del pop y el rap (llenos de tatuajes, aretes en todas partes, ropa raída, hoy hasta más costosa que la de etiqueta) tampoco podemos mirar al futuro con ojos de pasado.
Nuestros clásicos serán los que, por sus propios méritos, perduren como la Venus de Milo, o El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. ¡A no preocuparse: a ocuparse!
*El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de espacios informativos y programas especializados de CMBF, Radio Musical Nacional.
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