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Lianne Vega entre Fontana y Chopin

Lianne Vega. Foto: Internet

Un programa de alta demanda conceptual y técnica propuso la pianista Lianne Vega, durante su más reciente presentación en la Sala Cervantes del Prado habanero, a partir de la obra de los compositores polacos Julián Fontana y Frédéric Chopin.

Fontana, también compositor, escritor, traductor y editor, gozó de la amistad de Chopin a lo largo de su vida, dedicándole en 1840 sus Polonesas militares, y siendo más tarde albacea de su obra.  En ese transcurso, sus inquietudes musicales se extendieron más allá de Europa, trayendo su arte a las Américas, al tiempo que se nutrió de las experiencias compositivas de la región.

Prevalecen de entonces los viajes a Cuba, ofreciendo presentaciones en La Habana y Matanzas, donde estrenó, además, parte de la música de su amigo Chopin; y dirigió la Sociedad Filarmónica de La Habana.

De ahí la importancia que la joven pianista haya ido al rescate de músicas de tan buena factura estética y rigores técnicos.

El programa lo inició con Douze études-préludes Op. 8,  confluencia de vuelo poético, brillantes  sonoridades, melodías apasionadas y  valses de gran belleza, para un despliegue técnico exuberante que bien reconociera el público; a la que siguió Nocturno Op. 20, una obra de gran lirismo en su composición,  reforzada por la carga emotiva impuesta por Lianne Vega, para regalar un momento de éxtasis sonoro.

La mayor recreación de la obra de Fontana resultó ser la revisitación de Souvenirs de La Havane, que el compositor escribiera a modo de regalo a la capital tras sus idas y regresos, y que la pianista ha venido madurando durante estudios e interpretaciones anteriores.

Es esta una pieza que carga con aires coloniales criollos, poseyendo en su estructura, remembranzas de la obra de cubanos de entonces que,  por su calidad y factura bien pudiera ser incluida con mayor frecuencia en recitales y conciertos.

Lianne Vega dedicó la segunda parte de la audición a la impronta de Chopin, desde una acertada  selección, balanceada y coherente; llamando la atención por el contraste sonoro,  estilístico y conceptual de tamañas facturas musicales diferentes.

La dulzura intrínseca del polaco quedó atrapada en la ejecución de  Berceuse Op. 57, plena de ternura y musicalidad, bien entendida por la intérprete que prosiguió con el Vals Op. 69 No. 1, a través de una ejecución magistral, por la limpieza musical y el buen gusto, asumido.

Por su parte, desde el Vals brillante Op. 34 No. 3 mostró un despliegue técnico insuperable, y el Vals póstumo en La m, devino en instante de alto vuelo. Asimismo, mediante el  Vals Op. 64 No. 1, demostró que no existen complejidades técnicas para su arte. Fue dueña de la pieza, sin salir de la intención y el carácter ni un instante.

Para finalizar, escogió el Scherzo No. 2 Op. 31, partitura de  notables recursos técnicos y musicales, de los que Lianne Vega propuso y dispuso para un alto cierre de programa.

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