Una de las fuentes de inspiración más frecuentes en las obras de arte es la naturaleza, que con su belleza y majestuosidad ha logrado cautivar a más de un pintor, escritor o músico a través del tiempo.
En su oratorio Las Estaciones, Joseph Haydn (1732-1809) combinó felizmente su interés de pasar a la posteridad abordando este magno género vocal-instrumental, con su amor por la naturaleza y muy especialmente por cada uno de los ciclos o temporadas en las que suele dividirse el año.
Temprano, por varias décadas, sirvió como músico a la ralea Esterházy (una de las familias más ricas e influyentes del Imperio austríaco de marcado interés por la música). Así, siendo joven fue asistente del maestro de capilla, hasta que a partir de 1766 comenzó a ascender; y especialmente, al servicio de Nicolás Esterházy, trabajó como compositor, director de la orquesta, intérprete dentro de los conjuntos de cámara y director general en los montajes de las óperas.
Durante todo este tiempo compuso una gran cantidad de obras importantes y disfrutó de estabilidad financiera, pero con la muerte de su benefactor en 1790, Haydn se sintió libre y logró dar riendas sueltas a su deseo de viajar y confrontar músicas y colegas de toda Europa. Partió entonces a Inglaterra, donde además de dirigir varias de sus sinfonías y editar algunas de sus obras, influido por el éxito de los oratorios de Georg Friedrich Händel (El Messias y muy especialmente Israel en Egipto con sus enormes coros y sus grandiosos efectos orquestales) sintió la necesidad de seguirle los pasos al alemán nacionalizado británico.
Fue entonces que en 1797 compuso La creación, que devino declaración personal de su auténtica fe católica y, a continuación Las estaciones, de marcado carácter profano.
Basado en un poema de James Thomson, estructuralmente esta se divide en los cuatro periodos que representa cada época del año (Primavera, Verano, Otoño e Invierno) y se trata de una obra de grandes proporciones, compuesta para tres solistas, coro y orquesta, los que celebran la felicidad que produce la contemplación de la naturaleza.
Para Las estaciones Haydn empleó dos años de arduo trabajo y el estreno tuvo lugar en el palacio del príncipe Schwarzenberg en la capital austriaca el 24 de abril de 1801. Al año siguiente la prestigiosa editorial Breitkopf & Härtel publicó la primera edición de la partitura en dos volúmenes: uno con el texto en alemán y su traducción inglesa, y el otro con el texto en alemán y una traducción francesa.
Si con La creación Haydn logró (tal como se planteó el propio autor) «escribir una obra que proporcione fama universal y eterna a mi nombre», con Las Estaciones ya no cabría duda alguna de que habría conseguido su sueño, pues ambos oratorios se erigen dentro de las partituras más destacadas de este género vocal instrumental y son paradigmas de su etapa más equilibrada, madura y reflexiva como compositor.
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