Desde tiempos inmemoriales, una fábula relata que cierta vez un pequeño e inofensivo animalito decidió ser músico, y se convirtió en el charango de quirquincho.
Así en síntesis se relata la antigua historia que relaciona a la música con una de las más de veinte especies de armadillo que habitan las pampas y llanuras de Sudamérica, algunos sitios de América del Norte; y, aunque en mucha menor escala, también pueden encontrarse en las selvas.
Su grueso caparazón, que le ha otorgado también el sobrenombre de tortuga de los Andes, favoreció el interés de muchos constructores e intérpretes del charango; toda vez que esta especie, devenida instrumento musical, posee un excelente aparato resonador.
La singularidad de este armadillo reside en el hecho de que, a pesar de ser un mamífero, su cuerpo no está protegido por pelos; sino por una gruesa capa protectora, dividida en dos escudos, lo cual resulta una especie de blindaje corporal muy apetecible para los cultivadores de la música folklórica de estas regiones.
Es justamente su dura cubierta lo que produce la resonancia de esta variedad de charango; sin embargo, y afortunadamente para los que apostamos por el respeto a la vida animal, no todos los charangos se fabrican con escudos de armadillos.
En la actualidad una gran mayoría han optado por construir el cuerpo del instrumento con madera de cedro o castaño, y la cubierta de pino o abeto.
Si bien durante un tiempo, este armadillo (conocido en lengua quechua como quirquincho) fue perseguido para fabricar el charango, la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres prohibió su captura y negocio, conociendo que la principal amenaza para esta especie es la caza y la venta de su caparazón para la fabricación del instrumento musical.
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