Mientras que en 1931 se proclamaba la República Española y en 1936 estallaba la Guerra Civil, en Europa se creaban todas las condiciones para un conflicto bélico de mayor alcance: la Segunda Guerra Mundial.
En el arte, Dalí pintaba en 1936 Armario antropomórfico con cajones (obra en la que ese mismo año se inspiró la diseñadora italiana Elsa Schiaparelli para crear su vestido de cajones) y Picasso daba a conocer su sobrecogedor Guernica, en 1937, cuando Carl Orff estrenaba su Carmina Burana.
En lo adelante, durante los años que marcarían el atroz genocidio nazi-fascista, el arte recesaba cual señal (además de duelo) de temor, horror y tristeza, como las estampadas en la famosa obra picassiana y, la moda, nuevamente se transformaba.
Muy pocas veces la historia de la moda ha dado un viraje tan evidente como el que permitió distinguir estas casi dos décadas (recuerdo: 1930-1945) de una forma tan clara.
La jovialidad y deportividad características de los años veinte, dieron paso a una feminidad más tradicional y elegante. Así, las formas angulosas, tan frecuentes entonces, se transforman en unas líneas más sinuosas: el cabello liso y corto se ondula ligeramente y, de repente, vuelve a ser largo; en tanto el talle y los sombreros se convierten en modelos de fantasía. En definitiva, la silueta se transforma por completo, se suaviza y aparenta menos decisión.
Mientras que, a principios de los años treinta, el impulso de la moda lo seguía marcando París y su efecto trascendía las fronteras de Francia, en Italia y Alemania empezaron a darse los primeros pasos para fortalecer la industria textil nacional y fomentar una vuelta a las formas de vestir más tradicionales: la ropa de moda era menos funcional y poseía rasgos decadentes, según los dictados germánicos, ya con las nuevas doctrinas de pensamiento hitleriano.
Los modistos consagrados siguen trabajando y sus salones siguieron abiertos, al menos, en un principio de los acontecimientos: Madeleine Vionnet, Jean Patou y Coco Chanel. Otros, aparecen con nuevas propuestas: Alix Barton o Madame Grès y Elsa Schiaparelli, por ejemplo, se inspiraban en la escultura clásica y en el surrealismo daliniano, respectivamente.
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