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La Lupe: con el diablo en el cuerpo

La Lupe. Foto: Internet

Nuestra emisora se especializa en lo mejor del arte musical de todos los tiempos. Ciertamente es la única de su tipo en el país. Pero dentro de lo mejor no tenemos ningún programa sobre el filin que está (no digo yo) entre lo supremamente genitor del arte musical del continente.

¿El filin es parte del bolero o tiene personalidad propia? Sin parar se mantiene esta polémica. Pero tal vez habría que considerar la dialéctica que impone el desarrollo socio cultural y podríamos decir que el filin posiciona al bolero de una nueva estética musical; y, entonces, dentro del cancionero nacional comienza una era dadora de un nuevo contenido además de musical, literario.

Helio Orovio, quien más pasión ha puesto a esto del bolero y su presencia en nuestra cultura, era del criterio de que «aun cuando las canciones filinescas posean libertad interpretativa en lo formal, están sujetas a la posibilidad de ceñirlas a un esquema rítmico fijo, y entonces funcionan como boleros». 

Tuvimos una tropa de mujeres prodigiosas: Moraima Secada, Elena Burke, Blanca Rosa Gil, La Lupe y la aún vigente Omara Portuondo, entre otras.

Con ellas y muchos hombres también se desarrolló el bolero y comenzó lo que ya venía gestándose desde la Vieja Trova Santiaguera, pero que se configuró plenamente por la década de 1950 con la consagración del filin, y de ahí hasta la Nueva Trova.

Lupe Victoria Yoli Raymond «La Lupe» fue tal vez, entre todas nuestras intérpretes musicales, la única cantante que hacía de ella un personaje de una teatralidad sostenida; capaz de dinamizar la sensibilidad y la sensorialidad del espectador o del oyente.

La Lupe se cuestionaba su propio género y en el escenario fue, según Hemingway, «la creadora del frenesí»; Jean Paul Sartre la catalogó de un animal musical; Picasso dijo que era un genio; y Cabrera Infante la definió como «fenómeno fenomenológico».

La desbordante teatralidad de La Lupe hacía que fuera admirada: admirada antes de entenderse y admirada porque sí. Todavía hoy, oír a La Lupe es participar en un trance.

El enfoque melódico de sus expresiones vocales se espesa y deja de ser transparente, para mostrar progresiones y descensos, que ahora son gemidos y luego notas de una insuperable y singular manifestación sonora.

Entre todas esas mujeres augurales de la cancionística nuestra prevaleció siempre con mayor o menor intensidad el suceso de la interpretación, lo cual nos pertenece de manera muy particular, dada la expansión performativa de la interpretación; es decir la teatralidad, una espléndida teatralidad sobre una despampanante sonoridad.

Para entender la teatralidad lo primero es el otro, la mirada del otro.

La teatralidad únicamente tiene realidad mientras está ocurriendo. Solo queda de ella la transformación espiritual y emocional de quien la percibe a través de propuestas de apretadas sucesiones visuales y sonoras. Todo sucede ante nuestros ojos por un tiempo determinado en una propuesta espacial insólita dentro del discurso de la cotidianidad.

Ahora bien, en el oleaje de la teatralidad está la visibilidad que aporta la representación como accionar performativo, desde la expresión de la corporalidad del intérprete, depositaria de un caudal enunciativo donde la voz es un agente dinamizador de la teatralidad.

Los registros vocales, el súbito de transformaciones sonoras, los matices, y todo a partir de manifestación particular corporalidad, hacía de La Lupe un verdadero performance inusitado para el momento.

Asumió una manera de interpretar que era un caos con un orden dado por el ritmo que imponía desde la vocalización y la corporalidad donde montaba su voz. Era unánime, y cuando cantaba, su unanimidad estaba armada desde lo discordante, lo desigual.

Melódicamente la Lupe era una sorpresa constante, lo que en matemática se llama un conjunto disjunto: su armonía estaba precisamente en su incongruencia, en el desatino realizativo que era su accionar escénico.

Y es que La Lupe no solo cantaba, ella enunciaba performativamente, en un amasijo entre su hacer y su decir.

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