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La dignidad del talento en el criterio martiano

Retrato de José Martí (1978) por René Portocarrero. Foto: Granma

Entre diciembre de 1875 y enero de 1876, José Martí publica en La Revista Universal, de José Vicente Villada, cuatro artículos que llevaron por título Una visita a la exposición de Bellas Artes y que no firma.

En  uno de aquellos trabajos critica una de las obras que aparecen en la exposición de la Academia Nacional de San Carlos (la más antigua institución de la docencia artística en el continente americano), y visitara en 1875. La obra en cuestión es La Stella Matutina, del pintor Juan Cordero, considerado entonces entre los mexicanos como uno de sus más afamados artistas.

Los defectos y virtudes de la composición, de ambiente totalmente religioso y de factura absolutamente académica, son analizados por el cubano con ojos conocedores del oficio, señalando el error principal de la obra que, a su juicio, es de esencia; a Cordero le juzga demasiado humano, por lo cual no podría concebir ni ejecutar bien una figura que no está probablemente en su corazón y que no está seguramente en la atmósfera que respira, en la sociedad en que se mueve, en las necesidades por completo distintas de la vida social.

Por tanto, apuntaba Martí, «hay que acercarse por completo a la esencia misma del hombre en su relación con los hombres,  acercarse  con los sentimientos y la razón, hay que expresar esa verdad de las formas cotidianas, de las necesarias inquietudes; pero hacerlo sin tomar los errados caminos del naturalismo extraviado o de falsos realismo».

Martí está por la verdad, pero por la verdad que se nos presenta en relación con el hombre.

En tal sentido (y con sorprendente sentencia ideoestética), dirá que «la pasión por la verdad fue siempre ardiente en el hombre. La verdad en las obras de arte es la dignidad del talento».

El último de estos cuatro referidos trabajos críticos de Martí aparece el 7 de enero de 1876. Nueve días más tarde, en las columnas de El Federalista, una edición dominical literaria de México, vio la luz un extenso artículo de Felipe López López que, bajo el título de Exposición de la Academia de San Carlos, aludía en muchos pasajes a los apartados de Martí que (recordemos) no había firmado.

El articulista atacó sin piedad el hecho (que consideraba un crimen) de que alguien hubiera podido hacer una crítica al pintor Cordero y califica,  al supuesto y desconocido autor (este señor sabía muy bien reconocer la inconfundible palabra de quien era muy respetado en México), de «crítico profano, genio chispeante, autoridad precoz que resueltamente decide y no vacila en imponer opiniones desfavorables que vayan a deslustrar reputaciones justamente arraigadas, envolviendo en poético lenguaje, correcciones inadmisibles e inadecuadas observaciones que ponen en evidencia la ignorancia artística que las dicta y la maligna intención que las sugiere».

En su criterio, «el que desconoce las bellezas de este cuadro no es mexicano», añadiendo a la obra calificativos de asombrosa, grandiosa concepción del genio, creación sublime del arte y creación sublime de una fantasía religiosa.

Martí no se molestó contestar los ataques de Felipe López López. Lo que sí hizo, con su verdad, con esa «dignidad del talento» como él mismo calificara a aquella, fue reclamar la paternidad de los artículos de La Revista Universal que habían aparecido hasta entonces anónimamente.

Estoy seguro de que resultó vidente «el extranjero» que se atrevió hace ya más de un siglo, a aconsejar a los artistas mexicanos que pintaran a sus indios en vez de vírgenes y falsos ángeles místicos. Su sano consejo fue seguido y el indio de México, sus gentes, sus próceres, sus hechos reales, tuvieron el merecido lugar en la asombrosa pintura y escultura azteca.

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