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La crítica precursora de Virgilio Piñera

Virgilio Piñera. Foto: La Jiribilla

Juan Ramón Jiménez llegó en noviembre de 1936 a La Habana y durante dos años estuvo con nosotros y no dejó en ese tiempo de realizar una intensa labor cultural sobre todo entre los jóvenes poetas.

Tanto fue así que el 20 de enero de 1937, a través de la  Institución Hispanocubana de Cultura dirigida por Fernando Ortiz, se convocó al Festival de la poesía cubana producida en 1936.

Y el 14 de febrero de 1937 se hizo una lectura colectiva de los poetas en el teatro Campoamor de donde saldría una antología que Juan Ramón Jiménez calificó como  granero de «la opulenta flor poética cubana que se está logrando por lado diverso en auténtico fruto» como anotaba en el prólogo.

Allí, además, declaraba: «Es evidente, y yo que lo había entrevisto de lejos, lo he visto ahora de cerca, que Cuba empieza a tocar lo universal  (es decir, lo íntimo) en poesía, porque lo busca o lo siente, por los caminos ciertos y con plenitud, desde sí misma».

La poesía cubana en 1936 fue el título de la antología prologada y con apéndice de Juan Ramón Jiménez, que tuvo la edición del Instituto Hispanocubano de Cultura, con un comentario final de José María Chacón y Calvo.

En esa paradigmática obra inscrita ya dentro de la historia de nuestra lírica contemporánea aparece un poema de Virgilio Piñera: El grito mudo, de visceral vértigo ante el escalón donde ya el escritor se sabía.

No hay en toda la antología algo parecido a lo que condensan sus estrofas. El poema debió haber sorprendido al cuidadoso autor de Platero y yo, pero decide y lo pone, porque cuando la poesía hace tum tum, que se abra paso.

A partir de esa entrada al género en el país, con el crédito de uno de los poetas más relevantes de la poesía española, Piñera se establece como dramaturgo y como bardo de punzante estampa.

José María Chacón y Calvo quien era una de las vacas sagradas de la intelectualidad cubana, invitó entonces a Virgilio Piñera a ofrecer una conferencia en el ciclo Los de ayer vistos por los poetas de hoy, que había organizado en el Ateneo de La Habana que tenía su sede en la calle San José, entre Águila y Galiano.

El 28 de febrero  de 1941, hace ya 80 años, el veinteañero Virgilio Piñera diserta sobre e Gertrudis Gómez de Avellaneda y su tesis se contrapuso a la que tenía el mismo Chacón y Calvo sobre la escritora al celebrarse su centenario, cuando exaltó los valores perpetuos de la lírica de la escritora deteniéndose en su poesía religiosa.

Virgilio entona una refutación a ese criterio, argumentando: «no hay que llamarse a engaño: La Avellaneda era cristiana a la manera de todo buen cristiano y su celo religioso estaba muy distante de una profunda ascesis. En esta modalidad temática de su lirismo hay que colocar a partes iguales de los platillos de la balanza su legítima aspiración de ensalzar a la divinidad y su acatamiento del gusto de la época».

Así, Piñera propone una revisión crítica de la Avellaneda, argumentando su tesis en lo que llamaba el vacío de la sensibilidad, cuando el poeta, cansado o desgastado o mudo, vacía de contenido y de fervor al poema y lo rellena entonces con adjetivos.

Virgilio es absoluto y desborda de juicio inteligente cada vez que decide ejercer el criterio. Su perspicacia crítica fue punzante, no tuvo límites. Tiene su crítica el valor de una autonomía sin precedentes entre nosotros.

No debe existir en nuestra literatura un escritor con tanta fe iconoclasta. Su trabajo crítico siempre queda centrado en lo más encrespado de la creación literaria.

Sin ambages, el veinteañero Piñera expone sus criterios sobre la Avellaneda, y José María Chacón y Calvo embiste arrollador, a lo que responde Virgilio en una carta que le dirige el 2 de marzo de ese mismo 1941, donde asegura que «el ensayo acerca de la lírica de la Avellaneda ha sido realizado bajo el control del más riguroso método histórico y lo someto a la crítica más severa».

En la epístola que ha quedado como documento de su primera desobediencia,  expresa, además que el análisis «no existe concepto alguno que no esté respaldado por correspondientes comprobaciones», y considera que la crítica literaria «exigía en el caso particular de la poetisa una revisión de su lirismo y el establecimiento de sus verdaderos valores».

Argumenta del mismo modo que en su ensayo salva ampliamente la exigencia de la crítica literaria e incorpora a las letras cubanas un juicio de valor respecto de dicho poeta.

«Que para un poeta, ser en vigilancia y rigor (recordad mi alusión a la divisa de Leonardo: Hostinato rigore) no sobra tiempo para lujosas erupciones o snobistas ascensiones a la cultura. Que en Cuba, afortunadamente, participa una joven generación en profunda vigilancia y que no ejerce ni la boutade de los veinte años ni el literario sarampión de los confundidores», termina expresando. 

Nos corresponde este 28 de febrero celebrar aquel de 1941, hace ya 80 años, cuando se  inicia una inteligente, vigilante  y sensible manifestación del ejercicio del criterio ideo-estético que puso en marcha, en aquella Habana frecuentada por Hemingway y agujereada por el presidente Gerardo Machado, el ritmo que vehicularía lo por venir en Cuentos Fríos, Las Furias, El Conflicto, Electra Garrigó, Dos Viejos Pánicos, El No, Una caja de zapatos vacía, La carne de René, y más.



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