La naturaleza le permitió enseñar al doblegar su pasión por el escenario. Así fue como llegó hasta el regocijo ante sus alumnos: iniciados o dueños absolutos del arte danzario. Para todos Ramona de Saá tiene su certero y oportuno magisterio con que se entregó de otra manera a la danza, desde los salones de la Escuela Nacional de Ballet.
«Los quiero bien hermosos. Vayan dándole más carga al baile. ¡Disfruten al máximo!», se escucha aun a Cheri, como le llaman quienes la quieren (que son muchos).
Galardonada con el Premio Nacional de la Enseñanza Artística en 2002, y de la Danza en 2006, fundadora del Ballet Nacional de Cuba, y discípula de Fernando y Alicia Alonso, es una de las figuras legendarias de la escuela cubana de ballet, maître de prestigio internacional y doctora Honoris Causa del Instituto Superior de Arte, ISA.
«Me siento muy feliz, pero también más comprometida. Son premios que dedico a mis alumnos y profesores de ballet de todo el país, que son mi razón de ser. ¿Qué más puedo pedir?», ha comentado de tamaños reconocimientos.
Su arte se detuvo en plena carrera, en 1963. Pero la entrega al baile no terminó. «Desde que dejé de bailar, por una lesión en la rótula que con el tiempo se hizo crónica, muchos me preguntan: ¿sientes alguna frustración? Les digo que no», asegura.
Sucede que a Ramona, como a sus coetáneas que participaron en el preludio de la escuela cubana de ballet, las formaron en el doble rigor del aprendizaje y la enseñanza.
«Desde el principio se nos inculcó que si bailar era importante, enseñar no lo era menos. Fernando y Alicia planificaban funciones y nos mantenían activas bailando para que el inevitable cambio no nos sorprendiera cruzados de brazos. Y esa fue una decisión muy acertada, porque nos dio la posibilidad de aprender a enseñar, que es una tarea muy compleja», recuerda.
Así fue como, tras incorporarse en 1962 al grupo fundacional de la Escuela Nacional de Arte, ENA, asumió poco después la dirección de la Escuela Nacional de Ballet confirmándose entre generaciones de bailarines y docentes entregados a los escenarios de Cuba y el mundo.
«Experimento un gran regocijo al darme cuenta de que ahí también está mi mano», afirma de manera rotunda. Así, desde la primera vez, Ramona nunca ha dejado de impartir clases.
«Eso es importante en mi carrera, la experiencia en el aula la he mantenido siempre, asuma la responsabilidad que asuma, porque noto que cada vez que impacto una clase aprendo», afirma.
Luego, con más de tres décadas dedicadas a la enseñanza, para mantener las conquistas de tan querido arte en el país, Ramona de Saá persiste en preservar la enseñanza y los aportes cubanos. «Ahí reside la preocupación mayor. Así que aspiramos a educar correctamente a nuestros estudiantes para que preserven la Escuela Cubana de Ballet», significa orgullosa.
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