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Gladys, para siempre

Gladys Puig. Foto: Ubail Zamora

La Duquesa del Bal Tabarín de Carlo Lombardo. 3 de enero de 1993. Salón de los espejos del antiguo Palacio Presidencial.

La soprano Gladys Puig, no se encontraba en el elenco, desde la década de los setenta, una afección en las cuerdas vocales había tronchado su vertiginosa y exitosa carrera. Durante uno de los ensayos, ella apareció para suplicarme de la manera más humilde, que la dejara hacer, al menos un día, el personaje protagónico de la obra: la Frou Frou.

Yo sabía que vocalmente no podría asumir el papel después de tantos años sin cantar, pero también conocía la extraordinaria calidad humana de Gladys, que a pesar de haber visto como su carrera se malograba cuando se había convertido en unos de los ídolos más importantes del arte lírico en nuestro país,   se mantenía igual de bondadosa, lejos de envidia y rencores. ¿Cómo negarse a una petición hecha de manera tan humilde y tratándose de una persona querida y respetada por todos?

Hablé con ella largo rato en la terraza del Palacio, del modo más cuidadoso traté de explicarle el riesgo al que se sometía, a esas alturas ya no me preocupaba que la obra pudiera quedar mal, que era lo más probable, me aterraba que hiciese el ridículo. Pero ante tantas súplicas no pude negarme y finalmente accedí a sabiendas que quizás lejos de ayudarla, le haría daño.

Como me aseguró que se sabía la partitura al dedillo, había visto las funciones anteriores y conocía los tiempos del maestro Milanés, le pedí no ensayara para que no se sometiera dos veces a esa tensión. En la función del siguiente día, ella haría la Frou Frou.

Todos nos encontrábamos angustiados, Gladys, llegó la primera, la función comenzó y terminado el cuadro de las telefonistas, ella apareció para hacer la Salida de Frou Frou.

Todos respiramos hondo. Cuando cantó la primera frase «Un cuerpecillo airoso, envuelto en sedas va…» se escuchó el aplauso atronador del resto del elenco y el coro, al que el público se sumó en una ovación, todos queríamos que saliera airosa, y airosa salió. ¿Cómo lo logró?, nunca supimos, pero se cantó toda la obra impecablemente.

Enseguida recordé la noche que en mi presencia la Fornés, le dijo: -Gladys, cuando alternabas conmigo La viuda alegre, tenía que apretarme el cinturón, ¡Qué bien te la cantabas! Me hubiera gustado tener tus agudos.

Aquella función de la opereta La duquesa del Bal Tabarín, fue sin dudas un gran día para Gladys y para todos nosotros que pudimos disfrutarla como en sus mejores tiempos. Aquella tarde, ella demostró hasta qué punto un verdadero artista es capaz de sobreponerse hasta de sus propias limitaciones.

Asistió a cada estreno del Anfiteatro, acompañada siempre por la maestra Pura Ortiz, fue ella quien me recomendó en el 1998 escuchara a una jovencita que aseguraba, prometía (Maylú Hernández).  Siempre recordaré las tandas de óperas que hacíamos en casa y tu pasión por aquella Bohème de la ópera de Sidney que visionamos juntos.

Tomado de la página del Teatro Lírico Nacional de Cuba en Facebook




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