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El Menjunje villaclareño en su treintena

En el número 12 de la calle Marta Abreu, en Santa Clara, está El Mejunje. Fotos: Alexis Pérez Soria / La Jiribilla

Si existe en el país un espacio de indetenible fuerza artística es El Mejunje de Santa Clara, que este 21 de enero cumple un nuevo aniversario, en su sede de la calle Marta Abreu, entre Juan Bruno Zayas y Alemán.

Todos y todas cabemos allí como el dichoso brebaje que se hace de yerbas aromáticas y energizantes; y, buchito a buchito, el que lo toma se entona: roqueros, transexuales, ancianos, jóvenes perdidos, homosexuales, cantantes, actores excluidos: todo el mundo cabe en El Mejunje.

El Mejunje tiene un prestigio socio-cultural que es objeto de atención en muchos ámbitos del quehacer intelectual dentro y fuera de nuestro país, aunque sería conveniente que entre nosotros se convirtiera en un continuum indagatorio entre las ciencias sociales y las artes escénicas para redimensionar paradigmas a través de interacciones, interdefiniciones y transdisciplinariedad. 

También el 21 de enero celebra el mismo aniversario la Compañía Teatral Mejunje, bajo la égida y el aliento de Ramón Silverio, teatrero medular, que articula un arte comunitario cooperativo liberal y tolerante.

Sobran las muestras: Nuevas aventuras de Juan Quinquín, versión de la novela del escritor Samuel Feijóo;  Las cabañuelas; Vida Incompleta del Poeta Wampampiro Timbereta; Yisel, una pieza para el público infantil basada en el ballet clásico Giselle; y Yo me incluyo, heterogéneo y polémico espectáculo.

La Compañía Teatral Mejunje tiene como savia la itinerancia y las soluciones cooperativas, donde todo tiene mucho de arte, o de alguna manera está artificado.

Este colectivo genitor de El Mejunje no deja de ir de un lado para otro del territorio villaclareño haciendo teatro popular, teatro casero, de parque, para la gente del barrio, teatro rural, montañoso; un teatro de puro pueblo, pueblerino, incauto, a palo seco, con la simpleza que suele ir en contradicción con la concepción de una puesta en escena de propósitos estéticos esmerados.

La gente de El Mejunje hace teatro con una carga ideológica muy efectiva por sus manifestaciones antropológicas, como reflejo activo de signos performativos para una representación extra-cotidiana, organizada desde  la presencia física y oral de nuestra cultura y sus correspondientes comportamientos lúdicos.

El teatro en el que se ha empeñado Silverio tiene mucho, tiene todo en la ludicidad pre-expresiva de la cotidianidad que en sentido barbiano da para la expresión extra-cotidiana.  Y no estoy intentando con esta observación decir que Silverio ha desarrollado una teoría antropología del espectáculo en El Mujenje: su cuajada teatral tiene de eso, solo que la convicción mejunjal asume más propósitos sociales que actorales.

El afán por lo lúdico es una de las razones más celebrables en cualquier manifestación artística. Robert Louis Stevenson nos lo dejó meridianamente declarado, al afirma: «Sí, el arte es un juego, pero hay que jugar con la seriedad de un niño que juega».

La cosmología de Silverio y su particular visión estética se nutre de lo más callejero y cotidiano: velorios con el muerto alante y la gritería atrás, comelatas, dichos y dicharachos, refranes a pululo, guateques, bretes y los quintos infiernos, guanajadas, platanales, serenatas, mamoncillos, canisteles y aguacates; todo ese catauro lingüístico y  gestual ha sido el santo y la seña de la filosofía mejunjal.

Algo que ha hecho trascendente El Mejunje ha sido su constitución como arena para juntar identidades. Ya sabemos que en la base de las identidades hay estereotipos válidos o no (aunque  siempre debiera de dudarse de todo estereotipo).

Yo puedo construir mi identidad sobre lo que no soy, y por lo tanto por lo que me hace diferente al otro. Así entramos en el reino de la diversidad, con sus muchas fuentes y manifestaciones de identidad, con sus inmanentes diferencias que hacen posible la alteridad y su exposición civil.

Las identidades de género y sexuales problematizan las relaciones sociales por los  meollos ético-morales que plantean y que El Mejunje ha contribuido a persuadir desde un pensamiento crítico y desprejuiciado al asumir responsabilidad ante la perspectiva cultural que demanda el movimiento LGBTI.

El Mejunje ha marcado la cultura cubana desde las dos décadas finales del siglo XX como centro cultural indetenible, como centro de operaciones artísticas que de manera persistente alientan la participación de los públicos.

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