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El entrañable palacete de escritores y artistas

Sede nacional de la UNEAC en La Habana. Foto: Internet

Refieren los anales de La Habana que el 15 de enero de 1918, el señor Juan Gelats Botet, vecino de la calle San Lázaro, solicitó al Alcalde el permiso pertinente para construir una casa en la manzana señalada con el número 75 en el barrio del Vedado.

Siete días después el director de Ingeniería Sanitaria del Ayuntamiento aprobó el expediente y, a fines del mismo mes, el Departamento de Fomento del municipio emitió la autorización para «construir una casa de dos plantas, con garaje anexo, de paredes de ladrillo y techo de azotea», según relata el expediente que obra en los fondos del Archivo Nacional.

El 5 de marzo de 1920, veintidós meses después de haberse iniciado la edificación, fue declaraba habitable la casa, obra de los arquitectos Rafecas y Toñarelis, concebida para la intersección de las calles 17 y H. Allí residió durante 39 años el propietario del Banco Gelats, que llegó a ser el más antiguo entre las empresas nacionales de su tipo y el noveno en importancia por el monto de sus depósitos en el país.

Al paso del tiempo, el palacete devino uno de los valiosos ejemplos de la arquitectura ecléctica del Vedado, con sus amplios jardines y robusta verja perimetral que, (hace sesenta años) recibe a la vanguardia artístico literaria del país.

Sucedió que en 1961, antes del primer Congreso de Escritores y Artistas de Cuba, se creó un Comité Gestor y para su sede fue tramitada la antigua residencia del banquero Juan Gelats Botet, deshabitada entonces tras la muerte del propietario.

Así fue como el 14 de abril, el Che hizo entrega oficial de las llaves al poeta Pablo Armando Fernández, quien tomó posesión del inmueble en nombre de los escritores y artistas; y fue, por tanto, el primero en entrar a la casa que, poco después, resultaría sitio de encuentro y reunión de lo más valioso de la intelectualidad cubana.

Pero, al decir de Graziella Pogolotti, la casona de 17 y H fue más que un lugar propicio para el encuentro informal. «Ofrecía los medios para participar, desde la perspectiva de los artistas, en la animación de la vida cultural y, más importante todavía, de intervenir con voz propia en las numerosas vertientes del debate de ideas característico de la época», relataría la ensayista.

Y de tal modo ha sido, hasta nuestros días, sesenta años después. El centenario palacete mantiene sus valores arquitectónicos, el resguardo de toda la historia que atesora y un reconocimiento erguido, siendo Patrimonio Nacional que hace (del lugar) orgullo de la Cultura nacional.

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