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El Diablo vestido de corcheas

La visión de Marguerite tal como se representó en Covent Garden en 1864 con Jean-Baptiste Faure como Méphistophélès y Giovanni Mario como Fausto. Foto: Internet.

De las innumerables formas y maneras de representar el Mal en las obras de arte, el mito fáustico ha sido una de las  más recurrentes. La leyenda alemana del anciano erudito que, a pesar de su gran éxito, pacta con el Diablo en su afán por conseguir placer y conocimiento infinitos, ha atravesado los tiempos desde el Renacimiento hasta hoy, colonizando con su magia el teatro, la poesía, la novela, el ensayo, la pintura, la música y  el cine.

Todo surgió a partir de 1587, cuando el librero alemán Johann Spies publicó la Historia de Johann Fausten que, de autor desconocido, comenzó a llamarse «el Fausto de Spies» y se convirtió en un libro notoriamente popular.

En especial, la ópera ha sucumbido a este mito fáustico en diversas ocasiones, representando una amplia gama de contrastes y equivalencias que se pasean  de la realidad a la ficción, de la libertad a la sujeción y de la verdad al embuste; por intermedio de autores de variadas procedencias y estilos.

En 1816 se estrenó Fausto de Luis Spohr (1784-1859) en forma de singspiel  en tres actos, aunque varias décadas después el autor alemán la trasformó en una grand ópera, reemplazando los diálogos por recitativos.

La ópera  Robert Le Diable de  Giacomo Meyerbeer (1791-1864) fue estrenada en noviembre de 1831 y presentó a  Roberto, Duque de Normandía como  hijo del diablo y de una mortal: «una obra maestra», escribiría de la premier Frederick  Chopin, afirmando «si alguna vez hubo magnificencia en el teatro, dudo que haya tenido el nivel de esplendor de Robert le Diable. Meyerbeer se ha hecho inmortal».

Muy pronto llegarían otras obras maestras y a mediados del siglo, en 1859 Charles Gounod (1818-1893) estrenó  su gran opera en cinco actos Fausto, y aunque en sus primeras representaciones no fue muy bien acogida, el editor emprendió, partitura en mano, una gira por varios países europeos y tres años después, cuando se exhibió en París, se convirtió en todo un éxito; popularidad  que mantuvo intacta hasta 1950 en que comenzó a decaer. No obstante, esta partitura de Gounod sigue siendo una de las más representadas a nivel mundial.

Escasos años después de aquel estreno, Arrigo Boito (1842-1918) llevó a escena su ópera en cuatro actos Mefistófeles, que basada en el Fausto de Goethe pretendió introducir en Italia, el estilo de la ópera wagneriana. La primera puesta resultó un fracaso. Sin embargo, luego de varios arreglos y sustituciones, la versión de 1875 logró ser exitosa y en los primeros años de 1900, el famoso bajo Fiodor Chaliapin se alzó como el más reconocido de los intérpretes que asumieron el rol protagónico. 

Tiempo después, en 1925, fue representada en el teatro estatal de Sajonia  la ópera  Doctor Fausto de Ferruccio Bussoni (1866-1924), que pretendía erigirse como la cumbre de su catálogo autoral, pero infelizmente el autor falleció, dejándola incompleta. Finalizada por su alumno Philipp Jarnach, a partir de entonces ha sido representada por las más importantes compañías de Europa y Estados Unidos, si bien no podría decirse que se incluye entre las más populares.

En 1969, Krzysztof Penderecki (1933-2020) presentó una visión espeluznante de la Francia de 1634 con  su ópera Los diablos de Loudun donde, para muchos, se exhibe  un nuevo concepto de la ópera.

Tema parecido es el drama de Sergei Prokofiev (1891-1953): El ángel de fuego, donde la protagonista sufre posesión satánica. La obra debió esperar hasta 1954 para ser estrenada en Francia por lo  atrevido  del tema y, sobre todo, por  el audaz  tratamiento musical. Con medios muy diferentes a los de Penderecki, Prokofiev nos da una visión del mal, con notoria efectividad.

Otros títulos similares han transitado por la historia con mayor o menor fortuna y una  de las más recientes operas es Fausto, la última noche de Pascal Dusapin, estrenada en 2006, lo que  nos incita a pensar que, del legendario  mito fáustico, aún queda  tela por donde cortar.

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