Bajo múltiples nombres como Satanás, Lucifer, Mefistófeles, Satán o Belcebú, el Diablo es una de las deidades más comunes en las culturas y religiones del mundo, a pesar del recelo que lo acompaña por representar en casi todas, una entidad maligna, perversa y siniestra; y, por tanto, despertar rechazo y temor en muchas personas, aunque no ciertamente en todas.
Algunos sienten incluso fascinación por el mismo, lo cual no es algo reciente si tomamos en cuenta que probablemente la primera aparición de Satán fue recogida en la Biblia Hebrea cuando, en forma de ángel, desafió la fe de los humanos así como su religión.
Sin embargo, con independencia de las sectas satánicas que han permanecido efectivas desde tiempos inmemoriales hasta hoy, el arte tampoco ha podido resistir su fuerte embrujo; y son numerosos los artistas que, de una u otra forma, han dedicado obras a esta encarnación de lo maléfico y dominador absoluto de los infiernos.
Especialmente, en el universo musical, lo diabólico nunca ha dejado de estar presente; y es difícil pensar que pueda desaparecer de las partituras, toda vez que incluso (para algunos) hablar y estudiar la presencia demoniaca a través de la música es descubrir un capitulo prácticamente inacabable.
Por ejemplo, del compositor y virtuoso violinista Giuseppe Tartini, autor de cientos de partituras, se cita como su obra cumbre la sonata El trino del diablo.
La génesis de esta obra se sitúa en 1713, cuando el músico se encontraba en el monasterio de San Francisco de Asís y, según sus propios testimonios, soñó que pactaba con el diablo. Para poner a prueba su verdadera identidad y capacidades abarcadoras le prestó su violín y Satanás interpretó una gran obra que luego Tartini llevó a la partitura tal y como lo había escuchado en sueños.
Empero, el personaje de Fausto y su aciago pacto con el Diablo, descrito en la leyenda clásica alemana que luego inmortalizó Johann Wolfgang von Goethe, es probablemente una de las tragedias diabólicas más llevadas al universo sonoro de las claves y las corcheas.
Hector Berlioz conmovió asimismo al mundo con su leyenda dramática La condenación de Fausto, una pieza sinfónico vocal que, basada en el libro de Goethe y con texto de Gerard d Nerval, dio como resultado una consecución de sucesos dramáticos y elementos líricos que hablan por sí solos de la gran inventiva del compositor.
La sinfonía coral Fausto de Franz Liszt fue estrenada en 1840 y su tercer movimiento dedicado a Satán es el más destacado de toda la obra. Igualmente inspirado en este personaje compuso los cuatro Valses Mefisto, los dos primeros inicialmente para orquesta y los otros dos para piano solo. También adaptó para orquesta y piano, el lied Margarita en la rueca Op. 2 de Franz Schubert sobre un texto del libro de Goethe.
Richard Wagner también sucumbió al hechizo cuando escribió la Obertura Fausto en París, en 1839-40 (revisada posteriormente en 1855). Para muchos, sin mostrar aún al mejor de los Wagner, es esta una música estimulante y entretenida con bellos efectos de claroscuro en la orquestación.
Otras partituras que muestran la influencia de Lucifer son la Fantasía Fausto de Pablo Sarasate, Escenas del Fausto de Goethe de Robert Schumann, y la Cantata Fausto de Alfred Schnnittke.
Pero, sin dudas, si un género de la música clásica ha visto representado a Fausto y consecuentemente a su antagonista, ese es la ópera, que muy especialmente en el siglo XIX produjo numerosas visiones y arquetipos de Satán.
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