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El arte del vestir y la Primera Guerra Mundial

Diseños de Poiret. De derecha a izquierda abrigo de noche, 1918; vestido de fiesta, llevado en 1911; vestido de noche, 1922. Foto: Museo Metropolitano de Arte

Amén de la heredada alta costura de Charles Frederick Worth, la moda del siglo XX hizo presente en ese período algunos otros elementos del panorama decimonónico, como lo fue el dañino corsé (ocultado debajo de un muy trabajado corpiño) que como supuesto código de belleza trataba de darle forma al contorno femenino y provocar la insana cintura de avispa que no en pocas veces asfixió hasta la muerte a las muchas féminas que la usaron.

Los talleres vieneses destacaron por el diseño de vestidos artísticos que, en un principio, su corte emulaba la forma de un saco y resultaba muy uniforme. El pintor vienés Gustav Klimt da prueba de ello en sus muchos retratos pictóricos de Adele Bloschbauer, de 1912.

Otro modisto de gran fama europea lo fue el francés Paul Poiret, con una marcada aversión al corsé y cuya principal aportación fue la de una moda femenina renovada desde el punto puramente estético y cuyo apogeo tuvo lugar entre 1908 y 1914, interrumpido por el estallido de la Primera Guerra Mundial.

El modisto español Mariano Fortuny, establecido en Venecia desde 1899, tributaba el vestido Delfos, para alzarse como el diseñador orientalista más prestigioso de la época. Igualmente, el modisto Giacomo Bala (protagonista del futurismo italiano) destacaba con sus vestidos masculinos de trajes y chalecos, de pronunciadas estructuras geométricas y colores orgánicos.

La Primera Guerra Mundial interrumpió las aspiraciones artísticas del mundo de la moda en aquel período, entre 1914 y 1918, y la ropa masculina en Europa no sufrió cambio alguno dado el uso casi obligatorio, en su gran mayoría, del uniforme militar.

En tal sentido, el corte del traje femenino se fundamentó en los elementos del vestuario marcial: la crinolina de guerra (de falda ancha que sustituía a la estrecha) se convirtió en el vestido de la época, de la que se hizo su máxima exponente la diseñadora francesa Jeanne Lanvin, que arrastró su fama hasta los años 20. Al final de la contienda bélica europea, los vestuarios volvieron a ser más rectos y con cierta amplitud, en lo que sobresalía el uso de bolsillos con una forma muy parecida a la de un barril.

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