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Edgardo, magisterio en el alma

Maestro y músico por naturaleza, compositor e investigador por vocación, periodista crítico por convicción, Edgardo Martín Cantero se alza como un paradigma en el universo pedagógico cubano.

En cualquiera de sus múltiples facetas, fue un pedagogo. Enamorado de la belleza, sentía en lo más profundo de su ser que nada hay más cercano a ella que el magisterio. Y su vida transcurrió signada por la luz de la enseñanza.

Varios centros docentes tuvieron la suerte de contarlo en su claustro: el Conservatorio Municipal de La Habana, el Seminario de Música Popular y la Escuela Nacional de Arte. Impartió numerosas conferencias y ciclos de audiciones musicales comentadas, fue Inspector nacional de Música y miembro de tribunales y concursos por oposición.

Pero su accionar educativo trascendió el espacio académico. Su hogar, Villa cáscara de nuez como él mismo lo nombró, ensanchaba sus paredes para recibir a músicos, investigadores, periodistas y jóvenes estudiantes que acudían a beber de su sapiencia; ¡y a escuchar la gran música que atesoraba!

La ciudad de Cienfuegos lo vio nacer un 6 de octubre de 1915, y allí inicio su amplia formación profesional, bajo la tutela de la profesora madrileña Aurea Suárez, en la Academia de Música Chopin.
Posteriormente, emprendió estudios de pedagogía en la Universidad de La Habana, doctorándose en 1942. Ese mismo año recibió el título de profesor de Historia y Estética de la Música por el Conservatorio Municipal de La Habana.

Pero su insaciable búsqueda del conocimiento y su espíritu inquieto le impulsaban más lejos. Necesitaba todas las herramientas posibles para crear, de tal suerte que, luego de intensos años de estudios con el insigne Maestro José Ardévol, se graduó de composición musical en 1949 en el propio Conservatorio Municipal de La Habana.

Para esa fecha ya integraba el Grupo de Renovación Musical y su impronta como creador daba las primeras señales en obras como la Sonata para piano a 4 manos, estrenada en una audición del grupo acontecido en el Lyceum de la Habana en 1942.

A ellas seguirían otras consagradas al instrumento que estudió con pasión: La conga de Jagua, para dos pianos y Variaciones jagüenses «Soneras No. 2» dedicadas a su tierra natal, que fue otra de sus grandes pasiones.

También los Seis preludios para piano, estrenados por Margot Fleites en 1949; y Sonerita, interpretada exquisitamente por el maestro Ulises Hernández el 22 de octubre de 2013.

El catálogo de obras de Edgardo Martín sobrepasa el medio centenar.

Sus Soneras para orquesta están entre las más reconocidas. Piezas de cámara, refinadas canciones, música coral o para cine ocupan espacio en su catálogo; sin embargo, cinco joyas que simbolizan el espíritu de compromiso de este gran hombre con su tiempo, sueñan todavía con ser escuchadas: sus cantatas.

Lo fecundo y plural de su desempeño se materializaba en una férrea disciplina que le propició multiplicar sus resultados en diversas áreas. Entre ellas, destacan sus trabajos como crítico musical. ¡Dichosos esos tiempos en los que la cultura cubana contaba con profesionales de su talla en tan necesaria faena!

Entre 1943 y 1960 se desempeñó como comentarista musical del periódico Información, de La Habana, con más de 2 500 artículos. Fue redactor de las Notas al programa para los conciertos de la Sociedad de Música de Cámara, la Sociedad de Conciertos y el Instituto Nacional de Música, entre 1945 y 1961; así como de la Orquesta Sinfónica Nacional, desde 1961 a 1967.

Una veintena de publicaciones periódicas contaron con sus colaboraciones. En particular, el Boletín Unión Panamericana, donde publicó desde 1950 hasta 1962. Martiano profundo, conoció y exploró a Latinoamérica desde todos sus horizontes. Estableció vínculos fructíferos con colegas de la región y representó la cultura de la Isla en diversos escenarios del mundo.

Su agudeza reflexiva quedó plasmada en múltiples textos de carácter musicológico, algunos de ellos aún inéditos. En 1971 la Universidad de La Habana editó su Panorama histórico de la música en Cuba, obra imprescindible en la historiografía musical del país, donde Edgardo Martín conjuga admirablemente el dato oportuno (resultado de la investigación y de sus propias vivencias) y un enfoque sistematizado y didáctico del conocimiento.

Edgardo, tras su severa apariencia, emanaba amor. El amor sano, el que corrige los errores, el que discrepa con energía, el que señala deficiencias al tiempo que abre con alegría la senda para superarlas. El amor que sueña y confía en el desarrollo humano.

Confieso que abordar sucintamente su vida, o lo que es lo mismo, su creación, me ha impuesto el reto de la objetividad para resistir (en aras de lo verdaderamente relevante) los impulsos de acercarme a este caballero desde el entrañable lugar que su magisterio significa en mi formación.
Su legado amerita mucho más.

No obstante, podemos regocijarnos. El Museo Nacional de la Música y su colección editorial publicó el libro Edgardo Martín, vida y pensamiento musical, escrito por Ricardo Guridi. Desde aquí, una invitación a su lectura.

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