Muchos objetan a Maradona por su comportamiento ideológico. Muchos lo objetan también por sus adicciones, inaceptables socialmente, que representaron para el magnífico jugador una fatalidad en su vida privada y como estrella planetaria.
Sin embargo, nadie duda que se convirtió en un soberano símbolo, por su poética y técnica en el césped del terreno futbolístico.
Sobre la cancha tuvo un saber específico, visceral más allá del componente técnico, sus artificios tenían una calidad teatral que lo hacían ser un acontecimiento cada vez que salía al campo.
Maradona fue un personaje-actor y un actor-personaje con ideas y compromisos político-ideológicos muy bien plantados; además, su valentía, honestidad e ironía no tuvieron límites y por esa razón su eticidad fue muchas veces puesta en la balanza.
Haber asistido a un estadio donde él jugaba era participar en un convivo especial. Tenerlo en el terreno era un suceso inexorable, algo que no tenía otra forma de ser que no fuera manifestándose dentro de una territorialidad absolutamente teatral por intensidad, asombro, sorpresa, agitación y estímulo físico emocional, subjetividad y experiencia.
Asistir a un partido de futbol y estar rodeado de miles de personas, todas y cada una de ellas convencidas de que van a ser triunfadoras al final del juego, es una oportunidad excepcional de participar en el convivio a que da lugar el espectáculo más grande del mundo.
Maradona, como ente creador, era poseedor de la potencia de una poderosa autopoiesis: su manifestación fenomenológica tenía resultados muy concretos en el convivio que se producía en el juego donde estuviera.
Maradona fue siempre el protagonista de un espectáculo donde El Pelusa supo ser El Diez y El Diez no dejó de ser nunca El Pelusa: actor desenfadado, irreverente, sin medias tintas ni burgués distanciamientos.
Maradona ha muerto y él mismo sabía que no descansaría ni así, ni muerto. Nunca dejó de ser consciente de sus culpas y de su rol como astro deportivo, y sin vacilaciones asumió ser Maradona: «Ser Maradona es hermoso. Soy un tipo normal que por hacerle un gol a los ingleses, que nos mataron a los pibes en Malvinas, hoy la gente me conoce. Pero soy el tipo más normal».
Jamás abandonó su realidad y no hubo ocasión en que no dejara de reír con la sonrisa más franca que ha tenido el deporte mundial, y tampoco carecimos con él de las lágrimas más francas que puede un ser humano mostrar sin ambages.
Podemos ya empezar a velar por la persistencia maradoniana. Hagamos todo por ayudar a Maradona, desde nuestras posibilidades humanas y metafísicas, a cargar con sus cruces. Seríamos muy ingratos si no lo hiciéramos así porque nos dio muchas satisfacciones como actor-performers del espectáculo más grande del mundo por antonomasia, pero yo lo veo también como el más bello del mundo.
Un partido de futbol no ha podido ser superado ni por un concierto de Madonna ni por uno de Mikel Jackson ni por un desfile militar en la Plaza Roja de Moscú o una puesta de El lago de los cisnes; ni camp ni kitsch, solo futbol como expresión de una dinámica performativa única, en pleno desarrollo, en un tiempo y en un espacio con ejecuciones que tienen la irreductible regla de que como vaya viniendo vamos viendo y haciendo. Ahí late la expectación imprescindible en todo espectáculo.
Un partido de futbol es puesta en escena, danza teatro, teatro de la imagen, emancipación del logos, clausura de la representación mimética.
La gente de teatro tuvo que haber aprendido de la potencia corporal maradoniana, de sus actuaciones investidas de etno-identidad y semio-espectacularidad, de su profundidad significante desde la latinoamericanidad que lo caracterizó.
Tranquilo Pelusa, claro que tendrás la paz y toda la gloria, seguro que en cualquier dimensión que estés, los dioses (no es que te vayan a perdonar) te van a celebrar por las tantas alegrías que nos dejaste.
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