La más importante mezzosoprano alemana de la segunda mitad del siglo XX y una de las cantantes más prestigiosas y valoradas de la historia murió a los 93 años el pasado 25 de abril: Christa Ludwig, quien nació en Berlín en 1928 y falleció en Klosterneuburg, un municipio en la periferia norte de Viena, donde residía desde hacía más de una década.
Debutó en Frankfurt a los 18 años edad y en 1952 llegó a Hanover y a Darmstadt, uniéndose tres años después a la Opera Estatal de Viena donde permaneció por más de tres décadas.
Apareció en el Covent Garden en 1968, y su debut en suelo estadunidense ocurrió en Chicago, en 1959. Ese mismo año se presentó en el Metropolitan, donde fue solicitada frecuentemente hasta 1990, para interpretar una amplia gama de papeles y compositores.
Nacida de padres cantantes, Christa Ludwig tuvo a la madre como su única profesora y aseguró en una entrevista para la Revista de Música Clásica Codalario que lo único que podía hacer después de la guerra era cantar; y lo hizo bien, muy bien, al punto de que lo cantó casi todo gracias a su seriedad, empeño y, sobre todo, a su inmenso abanico de posibilidades vocales que le permitió interpretar papeles dramáticos o lírico-dramáticos tanto de soprano como de mezzo.
Exhibió a lo largo de su carrera graves, agudos, técnica, flexibilidad, homogeneidad tímbrica, capacidad para controlar los ataques y una gran lista de etcéteras, y así se convirtió en Cherubino, Éboli, Elektra, Ottavian y Fricka en La Scala y Brangania, Ortrud, Venus y Kundry en Bayreuth.
También fue en muchas oportunidades la Leonora de Fidelio, la Elvira de Don Giovanni, y la Mariscala de El Caballero de la rosa, entre los más de 45 roles diferentes que asumió
Su voz, como pocas, era de alto calibre y ostensible talento que acompañada por una particular emotividad actoral, proporcionó veracidad y convicción a cada personaje asumido dentro de su larga trayectoria en la ópera.
Christa Ludwig también interpretó las grandes obras del repertorio sinfónico vocal (Oratorio, Misa, Réquiem) e hizo una gran carrera como liderista, género que asumió con igual eficacia y devoción desde edad temprana.
Relató que desde su infancia se acompañaba al piano «y a los seis años ya cantaba y lo hacía todos los días. Ya de joven a mi tesitura le iba bien el Lied y por eso me dediqué primordialmente a ese género en recitales y en la radio... De hecho mi carrera empezó con el Lied», aseguró.
Entre sus memorables interpretaciones del género aparecen los grandes ciclos de Franz Schubert, Robert Schumann y Gustav Mahler; y en 1993, cuando hizo su gira de despedida por Europa y Estados Unidos solamente interpretó líder. A partir de entonces, se dedicó básicamente a adiestrar a jóvenes cantantes e impartir clases magistrales.
A pesar de su grandeza, Christa Ludwig fue siempre un modelo de integridad, de modestia y cuando fue entrevistada por la Revista Monsalvat en 1980 y la periodista le preguntó qué se sentía al alcanzar el nivel de superestrella durante tantos años, respondió tácitamente: «La verdad es que no me siento nada especial, pero cuando leo críticas antiguas o repaso las fotos a veces no puedo evitar pensar que no fui tan mala después de todo!».
A lo que añadió: «pero lo que importa es el futuro, no el pasado… y por otro lado no soy una superestrella; soy una seconda donna. Eso somos las mezzo sopranos». Una colosal seconda donna que engrandeció la música del pasado y para siempre.
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