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Aprecios de retos y lucimientos (+ Video)

Leo Brouwer. Foto: Internet.

En el Maestro Leo Brouwer se considera la mayor prominencia musical cubana de la segunda mitad del siglo XX, que reafirmó en 2010 el Premio Tomás Luis de Victoria, por tan valiosas aportaciones a la interpretación guitarrística, la dirección orquestal, al pentagrama y la teoría.

Pero, hay una porción de su entrega: la obra vocal para solista o conjunto, que no por menos reconocida deja de destacar entre todo la genialidad creadora que lo distingue y logra  estremecer a melómanos o iniciados.

De tan complejo y rico catálogo, lo mucho por descubrir se devuelve con minuciosa preciosidad en el hecho interpretativo. Para voz aguda y seis instrumentos acompañantes lo relata Es el amor quien ve o Poema como Madrigalillo, para voz media y guitarra, caracterizadas por una  bella lírica discursiva.

Igual sucede con Cantar de los cantares, un ciclo para contratenor y guitarra que concibió a partir de sus dos canciones amatorias para coro mixto, que destinó al falsetista Sytse Buwulda y la guitarrista Saskia Spinder.

Son piezas de harta complejidad técnica e interpretativa, por lo que no fue una casualidad que formaran parte de las obras  obligatorias durante el  Primer Certamen de Contratenores del Mundo, al que convocó la Oficina Leo Brouwer en 2015. 

Hai-kus, escrita para voz y piano en 2012, es otra de sus atractivas composiciones que, a través de  cinco partes, arma  un complejo de alegorías japonesas a la vez que reto para los intérpretes con todo su atrayente exotismo oriental.

De igual forma, también trasciende la música coral entre las creaciones vocales de Leo Brouwer. Así, sus  Aleluyas criollas para coro femenino han resultado de gran utilidad a formaciones del género y de altísima valía para los estudiantes de Dirección Coral.

Pero, sin dudas, Son Mercedes viene a ser  la distinción brouweriana para las corales del patio; en tanto, por su sello de alta cubanía, se ha convertido en pieza obligada para engalanar los programas de las formaciones del país,  hace más de cuarenta años.

De 1964, las canciones amatorias, Balada de un día de julio y Amor, yo he de enseñarte el camino, relatan un buen gusto, refinamiento y sensibilidad elevada a partir de los versos de Federico García Lorca y José Hernández; además de ser composiciones de altos rigores interpretativas, debido a la conjugación de las demandas vocales y la expresión lírica implícita.

Pero la versatilidad, ingenio y  gracilidad, dentro del catálogo coral de Leo Brouwer, cohabitan fácilmente en  su ciclo  Rondas, Refranes y trabalenguas. Este, desentendido de una posible simplicidad, lleva a la exégesis del divertimento y convierte la sencillez de los patrones originales en complejísimas partituras.

Unas, destacan por las armonías a varias voces, en tanto otras, por la complejidad rítmica. Elementos que, a razón de inteligencia y genialidad, sabe bien conjugar el Maestro; y, de tal forma, que lo indiscutiblemente difícil, parezca sencillo y divertido.

Sin embargo, la obra más recurrente en los repertorios corales de los últimos tiempos resulta su  Cántico de celebración, a partir de alegorías rítmicas afrocubanas y el aderezo de puntadas onomatopéyicas. 

Mas, a tan conocidas partituras se suman otras prácticamente desconocidas en el mismo escenario: Cantigas del tiempo nuevo (cantata para actores, niños y conjunto de cámara), escrita en 1969; Cantos yoruba para barítono y cuatro ejecutantes;  así como, Cantata de Chile, con textos de Patricio Manns, para  coro masculino y orquesta; al que se suma Concierto de Peugia que, fechado hacia 1999, emplea coro, guitarra y orquesta.

Por tanto, solistas, agrupaciones y directores de coro en Cuba y el mundo, mucho agradecen al Maestro Leo Brouwer por este conjunto monumental que tantos retos y armas útiles entrega al lucimiento artístico de la interpretación.


 

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