La Habana fue la primera ciudad de América que la gran Anna Pávlova visitó con su compañía, y aquí debutó el 13 de marzo de 1915 en el teatro Payret, con un programa que incluía los ballets Amarilla, Noches de Walpurgis, un divertissement que incluía su inmortal Cisne, La mariposa y Bacanal de otoño: todos con su interpretación, además de otras piezas por otros solistas de la formación.
Después, la Pávlova y su troupe viajaron a Cienfuegos y Matanzas para terminar la visita en la capital antes de partir el 29 de marzo, luego de haber estrenado en Cuba (además de los ballets mencionados) El despertar de Flora, Chopiniana, Raymonda y una serie de fragmentos interpretados por ella o solistas de su conjunto.
Al año siguiente regresó, pero esta vez a la pantalla del teatro Campoamor, mediante su actuación en el ballet La muda de Portici, filmado en 1915; hecho que antecedió su segunda visita en 1917, iniciada el 8 de febrero en el Teatro Nacional (hoy Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso) nada menos que con el ballet Giselle, que volvía a nuestros escenarios tras casi medio siglo.
Dos días más tarde bailó Coppélia y ambas presentaciones (como le era habitual) se matizaron con divertissements, a lo que prosiguieron los estrenos de La flauta mágica, Invitación a la danza y Copos de nieve.
En ese transcurso, la compañía se unió a la Ópera de Bracale ejecutando los bailables de las óperas Rigoletto y Carmen, sin abandonar su propio repertorio, y volvió a presentarse en Matanzas.
Para el 1º de diciembre de 1918 las huestes de Pávlova desembarcaban en Santiago de Cuba, provenientes de Sudamérica, acompañando nuevamente a una compañía de ópera, con la que debutaron en el teatro Oriente dos días más tarde, llevando Invitación a la danza, La flauta mágica y varios divertimentos.
En la ciudad oriental, Anna Pávlova estrenó Romeo y Julieta y La bella durmiente, que repitió el 17 de diciembre en el Teatro Nacional de la capital, donde puso cierre a sus actuaciones en nuestro país el 11 de enero de 1919, en medio de la Primera Guerra Mundial y la segunda intervención norteamericana.
Con cerca de 50 años, 18 de giras y más de cuatro mil actuaciones, en el frío 23 de enero de 1931, Pávlova terminó su vida en La Haya. Pocos meses después, una niña cubana de grandes ojos tomaba su primera clase de ballet en La Habana. Su nombre era Alicia Martínez, pero llegó a ser una de las grandes ballerinas de todos los tiempos con el nombre de Alicia Alonso.
¿Fue el espíritu de la Pávlova quien encarnó en aquella niña? Eso nunca se sabrá. Sin embargo, la coincidencia ayuda al mito Pávlova-Alonso.
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