A partir del siglo XIV el laúd se fue expandiendo poco a poco hasta convertirse en el rey de los instrumentos de cuerdas pulsadas, cuya historia (originada en los países árabes) encontró un territorio donde asentarse en la España musulmana hasta propagarse a casi todos los territorios europeos.
Sin embargo, durante el Alto Renacimiento (en el ambiente musical de las capillas que los miembros de la nobleza española exhibían orgullosos por el continente e incluso en algunos sitios del Nuevo Mundo), otro miembro de la misma familia disputó al laúd el trono de los instrumentos en la Península Ibérica: la vihuela.
Inventarios de instrumentos musicales del Palacio Real y de los Reyes Católicos señalan la presencia armónica de uno y otro instrumento. Incluso se conoce que Juana la Loca encontró en el laudista Martín Sánchez a un fiel servidor y un alivio a sus disturbios mentales.
Uno de los más importantes compositores de esta etapa fue Alonso Mudarra, que resume y enaltece la importancia y desarrollo de la vihuela española en la vida musical de la época, junto a Luys de Milán, Enríquez de Valderrábano, Luis de Narváez, Diego Pisador, Miguel de Fuenllana y Esteban Daza.
Se cree que Mudarra nació alrededor de 1510 en Palencia, territorio de Castilla la Mancha; y, poco antes de cumplir los 20 años de edad, visitó Italia como miembro de la capilla musical de Carlos I de España.
Una vez de regreso a su suelo natal en 1546, recibió la orden sacerdotal en la catedral de Sevilla, donde desarrollaría toda su actividad musical posterior, hasta fallecer el 1º de abril de 1580.
Gracias a numerosos documentos de esta etapa se sabe que Mudarra se encargó allí de la contratación de instrumentistas y cantantes, de la disposición de un nuevo órgano, de los arreglos musicales para las ceremonias eclesiásticas y también de la publicación de más de setenta composiciones para vihuela y voz, guitarra y vihuela sola.
Igualmente, Mudarra fue el artífice de la musicalización de textos de Horacio, Ovidio y Virgilio; y empleó poemas de Petrarca en la composición de villancicos y romances.
Entre las innovaciones que aportó al lenguaje musical destaca el uso de diferentes símbolos para indicar el tempo: lento, medio y rápido; que, para entonces, no era nada común en las partituras ni instrumentales ni vocales.
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