La prensa especializada en artes escénicas de gran parte del mundo hispano ha reseñando durante este agosto un año más de la muerte de la casi centenaria actriz española Adela Escartín que siempre fue llamada en Cuba «la dama de la escena».
En 2010, a la edad de 98 años, murió en Madrid la actriz Adela Escartín. Esta tremenda mujer del mundo del teatro fue entre nosotros la pionera de las directoras de escena y una maestra en la formación de actores y actrices, en tanto actriz y pedagoga. Aquí dejó una estela que tenemos el deber de reconocer y apreciar.
Se le ha considerado (y no de manera errática), la introductora del método Stanislavski, entre otros fundamentos escénicos. Yo al menos no he encontrado sólida documentación que impugne este criterio.
Es enorme el valor de su aporte en cuanto a nuevas técnicas en la escena del país. Como una Santa Teresa del teatro recorrió la nación, de fundación en fundación, creó su propia sala que fue una verdadera aula: Prado 260; y no cesó una vez llegada la Revolución de custodiar el movimiento de artistas aficionados, el teatro universitario o la escuela nacional de arte.
De sus 97 años, cuarenta de ellos estuvieron dedicados enteramente al trabajo escénico. Su primera formación como actriz en España y París no la satisfizo y en 1949 llegó a Nueva York para completar sus conocimientos y luego viajó a La Habana, donde se produjo su fecundación profesional en el teatro, la radio, la televisión y el cine cubanos, hasta 1970, cuando decidió regresar a su país por razones personales, iniciando el último período de su larga vida.
En Nueva York, Adela contacta con estudiantes cubanos que logran contratarla y traerla, debutando en la capital del país en 1949 interpretando La Gioconda de D’Annunzio. Poco tiempo después es reclamada de nuevo por los escenarios habaneros para representar Yerma de García Lorca, dirigida por Andrés Castro.
Adela Escartín tuvo una formación muy plural. Consideremos que llega a los Estados Unidos en 1948 habiendo sido alumna de la actriz de la Comedie Françoise Madeleine Renaud; y es en Nueva York cuando se inserta en los grupos que proponían un nuevo teatro. Realiza estudios en la Dramatic Workshop en seminarios de dramaturgia dirigidos por Erwin Piscator, cursos de actuación con los profesores Kurt Cerf y Ben Ari (Teatro de Arte de Moscú), y de dirección con Lee Strasberg.
Complementa su formación con Stella Adler (interpretación), Gertrud Shur (movimiento) y diseño de vestuario en el Hunter College, a lo que suma técnicas cinematográficas en la Universidad de California, así como de guiones y montaje de cine en la Universidad del Sur.
Ella no quería volver a España y en Estados Unidos como actriz tenía en el idioma una gran barrera. Así que decide radicarse entre nosotros y empieza a ser conducida por el gran Andrés Castro, convirtiéndose en uno de los pilares del teatro de la vanguardia teatral que se hacía en La Habana.
Independientemente de su trabajo actoral, como formadora de actores y actrices, dejó una impronta importante en la edición artística cubana; pero son escasas las ocasiones en que oigo que hablar de Adela en el ámbito de las artes escénicas nuestras y específicamente en la docencia.
Formar actores debe ser un ejercicio ritual, un ceremonial de ecos donde se funden tradiciones y rupturas, se establece o buscan ecuaciones algebraicas entre cuerpo y emoción. En realidad debe ser una ardua fundación de razones analíticas y discursivas para llegar a una especie de inmersión en la invención de la realidad escénica.
Ahora bien las estructuras estructurantes para la formación actoral, en el caso de la maestra Escartín, estuvieron en un sólido apoyo teórico, sensorial y emocional desde la vivencia de mitos, ritos ancestrales popularmente cotidianos; de lo que desconozco cuanto conservarán nuestras aulas de formación actoral, siendo memoria de esta actriz, pedagoga y pionera de la dirección escénica entre nosotros.
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