Abril, pese a ser el mes más cruel según Eliot, y no obstante haber sido calificado por José Lezama Lima como mes de inseguridades; resulta que es de festejos danzarios.
Es en sus jornadas cuando se celebra el Día Internacional de la Danza y nosotros los cubanos recordamos que cada abril, desde 1968, se cuenta un año más del estreno de Medea y los negreros; y también en abril, pero de 1971, inició el mito del relato danzario que es el Decálogo del Apocalipsis, dos obras fundacionales desde la danza moderna para la configuración de lo contemporáneo.
La década de 1960 inoculó el germen de las transformaciones radicales: resistencia, denuncia, clamor juvenil, rechazo. Fueron tiempos de ciclón: brotes políticos, sociales e intelectuales, no quedó un nivel de expresión artística que no fuera tocado por la impronta de la época.
Fue el decenio donde la llamada contracultura hizo esplendores y, aunque al final no se hayan logrado los cambios que se gritaban a los cuatro vientos, no podemos subvalorar los intentos de socavar el modelo capitalismo de hegemonía cultural.
Aunque los sesenta se forjaron y deshicieron en frenesíes caóticos, fueron importantes las bases que cimentaron el movimiento hippie, el nacimiento de manifiestos políticos y sociales, la alerta contra discriminación de género y de raza, los afanes por manifestar la diferenciación y la búsqueda de un verdadero progreso social, además del planteamientos de alternativas culturales e ideológicas hacia el encuentro con una identidad desde la otredad.
Pero sucedió que mucho de aquel todo fue convertido por obra y gracia de la mano del mercado capitalista en una mercancía más dentro del torrente irrefrenable del capital.
Cada abril, la danza cubana tiene la posibilidad de celebrar a dos obras que fueron fruto de aquellos años.
Medea y los negreros tuvo su estreno en el Teatro García Lorca el 17 de abril de 1968 por el entonces Conjunto Nacional de Danza Moderna, hoy Compañía de Danza Contemporánea de Cuba; el diseño de escenografía y vestuario fue de Eduardo Arrocha, la música de Carlos Chávez, Luciano Berrio, Jorge Berroa y además se incluyeron toques congos.
Resultó una obra atrevida desde la performatividad narrativa que desarrolla y desde el contenido que se atreve a hilvanar: Medea y Jasón, los remotos griegos, son puesto en Cuba, en la del siglo XVIII, cuando la isla se llena de franceses espantados por la Revolución Haitiana.
Estoy hablando de una obra de Ramiro Guerra. Una obra perfecta. Absolutamente definitiva, a la que medio siglo después aún se le extraña en nuestros escenarios de la danza, que ya es contemporánea, pero entonces se calificaba de moderna.
La voluntad artística de Ramiro imponía la superposición de formas y contenidos en una entropía estética donde hoy nos damos cuenta, que siendo moderna, antecedía a lo contemporáneo.
No consideremos la concepción temporal que a veces comprometen superficialmente estas denominaciones. Detengámonos en las perspectivas filosóficas de esas vertientes y sus definidas y en progresión tecnologías danzarias.
Medea y los negreros tuvo fuerzas para dinamizar, por su productividad experimental, los criterios de la entonces danza moderna y de la subsiguiente danza contemporánea.
Este abril está en su medio siglo ya el Decálogo del Apocalipsis, también con coreografía de Ramiro Guerra que, de haberse producido su estreno el 15 de abril de 1971, hubiera ocurrido en los alrededores y los jardines de la arquitectura del Teatro Nacional en la Plaza de la Revolución.
La música era de Jorge Berroa, R. Vandelle, Pierre Henry, jazz popular, ritmos aleatorios que acompañaban a todos los bailarines del Conjunto Nacional de Danza Moderna de Cuba; los deslumbrantes diseños de vestuario de Eduardo Arrocha; y, los textos empleados en la puesta eran bíblicos y de la ocurrencia de Ramiro Guerra.
El Decálogo del Apocalipsis enfatizaba en la necesidad de justicia social, en alertar sobre el conformismo y poner sobre el tapete las vibraciones del pensamiento cultural y político cubano que desde el triunfo de la Revolución ha sido atacado por la cultura capitalista.
Creo que fue Chesterton el que dijo que cuando se deja de creer en Dios se empieza a creer en todo.
En esos sesenta la juventud empezó a creer en muchas cosas sin argumentación laboriosa, se conformó una tolerancia sin verdadera dignidad filosófica y era ostensible la debilidad política que fue aprovechada por los centros de poder para mitificar y mistificar las posibles revelaciones sociales, inmanentes de aquel pluralismo de valores efervescente que se proclamaban.
Poco a poco, la mano invisible del mercado convirtió aquel deslumbrante poli-sincretismo sociocultural en una burbuja inflada por las pujantes nuevas tecnologías de comunicación y, desde el poder, con el encantamiento epidíctico del discurso de la propaganda, se supo obnubilar el discernimiento de la juventud con razones de la astuta lógica que sabe que no hay razonamientos apodícticos, concluyentes.
Tal vez nos haga falta un Decálogo para alertarnos sobre el resbaladizo espacio digital en que nos solemos mover. Si aquel Decálogo nos ponía cara a cara con las manipulaciones que el capitalismo empezaba a hacer con la contracultura, este de ahora podría alertarnos sobre la entrega en cuerpo y alma a la virtualidad que nos ofrecen creyéndonos que estamos al tanto de la información. Y ¿qué es la información hoy?
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