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¿Tiempos difíciles para un actor?

Osvaldo Doimeadiós. Foto: CubaAhora

Una puesta en escena es sin duda la más pura y vieja esencia del teatro. Una puesta en escena precisa de un escenario para que se produzca la relación corporal entre actores y espectadores para hacer posible el teatro. Pero la relación corporal entre actores y espectadores ha cesado y es ella la médula de las artes escénicas. Entonces ¿qué hace un actor en estos tiempos?

El gesto, las acciones, los movimientos, constituyen el lenguaje vertebral del teatro, el que emana del cuerpo y no precisamente del lenguaje hablado. El cuerpo y todos los sistemas significantes en un mismo espacio y tiempo, es lo que hace posible la riqueza sígnica de las artes escénicas, donde los significantes adquieren un nuevo significado o en su interrelación un significado complementario.   

La vivencia del aislamiento social debido a la pandemia puede (individualmente) generar consideraciones propiciadoras de enfoques analíticos en cuanto a la creación desde la personalidad del actor.

Sabemos que el hecho escénico, a partir de entrado el siglo XX, comenzó a ser considerado un ocurrencia de particular movilidad con específica significación en el trabajo del actor; y se plantearon nuevos paradigmas con perspectivas socio-antropológicas que dotaron a los estudios escénicos de un poderoso instrumento para llegar al espesor cultural de la realidad escénica, entre los que destacan análisis etnoescenológicos y de antropología teatral, como estudio sobre el actor y para el actor.

De acuerdo a Eugenio Barba, el creador y alentador de la antropología teatral, «en una situación de representación organizada, la presencia física y mental del actor se modela según principios diferentes de aquellos de la vida cotidiana. La utilización extra-cotidiana del cuerpo-mente es aquello que se llama técnica».

Como sabemos la antropología teatral se diferencia de sus similares porque incorpora lo que puede ser una destacada novedad, en tanto pone sobre el tapete un nuevo punto de vista investigativo, consistente en el estudio del comportamiento pre-expresivo del ser humano en situación de representación.

El aislamiento social puede contribuir a darle más peso al alma orgánica, no a la enteléquica, sino aquella que potencia lo corporal para sustanciar desde la individualidad la artesanía del «cuerpo-mente» barbiano.

El diálogo del actor, con su inteligencia artística y sensibilidad, integran lo pre-expresivo; es decir la sustanciación que antecede a la expresión artística individualizada, el compromiso y la comprensión de la individualidad social desde la personalidad única e irrepetible del actor, que brota y se fundamenta en el contexto socio cultural que le pertenece y asume desde su cuerpo como resultante social, condicionado por la cultura.

Hoy, cuando todos los espacios están clausurados por el distanciamiento o aislamiento social al que estamos sometidos, el proceso creativo del actor puede ser incentivado mediante la reflexión sobre la estructuración de un metaespacio escénico, una meta cognición, una meta regla de técnicas desde la corporalidad y los componentes psíco-físicos de la personalidad y la emocionalidad individual.

El actor puede emprender acciones en soledad, configurar un estar liado entre lo cognitivo, lo somático y lo emocional en conflicto dialéctico en el nuevo contexto etiológico.  El cuerpo del actor es absoluta y definidamente real, pero se puede manifestar como ente ficcional, cuerpo ficcional y, a la vez, concretamente histórico.

La corporalidad es la premisa, el principio, la proyección y desarrollo de la acción interna y física de donde emanan las tácticas para hacer de la imaginación en aislamiento social un proceso de empoderamiento.


 

 

 

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