El compositor austriaco Franz Joseph Haydn es habitualmente reconocido como «el padre del sinfonismo». Lo es por su extensa producción de más de cien sinfonías compuestas en su gran mayoría entre 1757 y 1795, así como por las aportaciones de ampliación y enriquecimiento técnico y expresivo que otorgó a este género orquestal.
Cuando murió, era respetado y considerado como uno de los compositores más importantes de toda Europa, a pesar de que vivió durante toda su vida en Austria, y allí desplegó la mayor y mejor parte de su carrera siendo músico de corte, sirviendo a la aristocrática familia Esterházy.
De alguna manera su existencia fue un tanto aislada de otros autores y tendencias musicales, pero, en sus últimos veinte años y según las propias confesiones del artista, estuvo forzado a ser original.
Tal vez en esta búsqueda de lo inusitado, nació en 1790 una de las piezas orquestales más curiosas: la Sinfonía de los juguetes.
Cuentan que dos años antes, durante una feria callejera, Haydn había comprado varios instrumentos musicales de juguete y para otorgarle matiz de fantasía y credibilidad a su pieza orquestal, fueron incluidos en el formato de instrumentos ejecutantes.
Durante mucho tiempo, la autoría de la Sinfonía de los juguetes perteneció, sin la más mínima sombra de duda, a Franz Joseph Haydn. Sin embargo, en recientes investigaciones se ha señalado que los tres movimientos de esta pieza: Allegro-Tempo di minueto- Allegro moderato; formaban parte originalmente de otra obra escrita por Leopold Mozart, padre de Nannerl, María Anna y Wolfang Amadeus.
Lo cierto es que cuando la Sinfonía de los juguetes se ejecutó por primera vez en Viena, en 1790 (como si hubiera sido compuesta por Haydn), ni el joven Mozart ni su padre, el presunto autor, protestaron por la ilegitimidad de su autoría.
Leopold también fue un excelente violinista, organista y compositor; y, en su catálogo de obras, aparecen óperas, oratorios, conciertos, sonatas, música de cámara y sinfonías, además de adjudicársele la educación musical de sus hijos.
Escribió también varios tratados de enseñanza del violín, lo que demuestra su afán pedagógico, razón por la cual se especula que compuso la Sinfonía de los juguetes con la intención de que varios de sus hijos pudieran participar en la ejecución de la obra.
Otras investigaciones aún más recientes advierten la posibilidad de un tercer autor para la polémica Sinfonía de los juguetes y esta vez recae en un monje benedictino tirolés nacido en 1740 y llamado Edmund Angerer.
Esta teoría, sin embargo, se basa únicamente en una carta encontrada durante 1992, por lo cual algunos investigadores consideran insuficiente este dato como para desbancar la atribución al padre del genio Wolfang Amadeus.
Por encima de las controversias musicológicas en torno a la real autoría de esta obra, la Sinfonía de los juguetes clasifica como la típica pieza del periodo Clásico, pero marcada por una originalidad visible y audible con la incorporación de juguetes musicales como un reloj de cuco, una matraca, un silbato que imita el canto de los pájaros, un triángulo y un tambor de hojalata.
Estos instrumentos se encargan de otorgarle espontaneidad, frescura y desenfado a la pieza; características bastante atípicas en el entorno del mundo sinfónico.
Actualmente no son pocos los experimentos que pretenden acercar a nuevos públicos a este maravilloso repertorio.
Tales son los casos, entre otros, del afamado conjunto argentino Les Luthiers o de La Orchestra Fireluche, de Gerona. Han empleado hasta cien elementos musicales entre instrumentos y otros objetos, con la finalidad de demostrar que numerosos dispositivos (probablemente impensables para esta finalidad) pueden ser capaces de generar emociones; y, por encima de todo, ampliar el concepto que tenemos sobre la música y sobre el arte.
La respuesta será enviada a su correo electrónico y publicada en éste espacio.