Habana-París en primera clase

Daniel Noriega
31/ 05/ 2018

En su edición de este 2018, el Mes de la Cultura Francesa en Cuba devino en redescubrimiento de los muchos grandes nombres que ha entregado la cultura gala a la música universal; afirmación que bien se evidenció, con la presentación del disco Habana-París, protagonizado por el Dúo Ondina.

Integrado por las maestras Niurka González (flauta) y María del Henar Navarro (piano), Ondina supo acariciar los corazones del auditorio que acudió al Teatro Martí del Centro Histórico capitalino, acompañándose de una exquisita curaduría musical, siguiendo los cortes del compacto; a lo que sumó una sólida dramaturgia y la gran sensibilidad que identifica el arte de las reconocidas instrumentistas.

El concierto se inició con la Fantasía, de Phillipe Gaubert, que el propio compositor dedicara al flautista y profesor Leopold Lafleurance y que Niurka González entregara a modo de entrée como anuncio de la plenitud musical que a la velada sucedería.

La impronta del conocido y sensible Gabriel Fauré siguió la ruta finamente hilada de la conmoción más intrínseca a través de otra Fantasía, a modo de barcarolle que concluye con un demandante allegro, algo que se percibía de fácil ejecución a pesar de su complejidad gracias a la sólida técnica de Niurka.

Para dar término a una primera parte, escuchamos el Andante pastoral y Scherzettino, de Paul Taffanel, con el clarísimo y entendible propósito con que fue hecha -sucesos musicales trascendentes- que involucraron a la flauta en su época.

Un giro sorprendente se hizo escuchar en la segunda parte. Una suerte de música programática al estilo francés a través de La flauta de Pan, de Jules Mouquet.

Cada uno de los movimientos ubicó a Pan y a la flauta en nombre de Pan en los lugares adecuados. El sonido se volcó en imágenes recreadas en pensamientos, ideas, historias y fantasías.

Obras con gran demanda técnica, estilística y musical que flautista y pianista fueron dibujando con notas de colores. En particular, el que escribe las líneas quedó gratamente conmovido con el movimiento Pan y los pájaros.

Asimismo, muy agradecible, la lectura previa de la breve historia de cada movimiento por la propia artista.

Como era de esperar, la tercera y última parte del concierto quedaría reservada a lo más profundo y contrastante. Un reencuentro con Gaubert tradujo el mundo interior de la artista, lo que se hizo sentir a plenitud con el Nocturno y Allegro Scherzando, así como en Ballade, de Albert Périlhou.

Para concluir el Preludio y Scherzo, de Henri Büsser, marcó la apoteosis del balance, la fuerza y el enigma de mantener embelezado a un repleto teatro por algo más de una hora. Sólo un programa y unos ejecutores con tan altísimo vuelo estético pueden lograrlo.

Sin lugar a dudas un vuelo Habana-París en primera clase.