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Nadie tiene por qué saberlo, pero cada académico de la lengua ocupa, de forma vitalicia, un sillón identificado por una letra del alfabeto. Hay mayúsculas y minúsculas y en total son 46.
Pero hay algo que todo el mundo debería saber. Hacen falta nuevas palabras en el español. Y estos 46 buenos hombres no las han inventado.
Yo recuerdo que, cuando era niño, leí un cuento en libro que me regalaron. Se trataba de la historia de una niña que se no sabía cuál era el significado de la palabra palitroche.
Preguntaba al ferretero, al frutero y hasta el doctor, pero nadie sabía. A fin de cuentas, iba con los hombres sabios: los académicos, y les hacía la misma pregunta: ¿qué es un palitroche? No sabían, se embrollaban y largaban una serie de incoherencias fascinantes.
Ese fue mi primer contacto con la Real Academia de la Lengua Española y con la interrogante: ¿de dónde vienen las palabras?
Hace algunos días —semanas ya, quizás— recordé fervientemente mi duda. Un despacho informativo daba cuenta de todo un acontecimiento: Se debían inventar, con carácter de urgente, las palabras flapigozo, lumpereza, pinochada y fruspiro, entre otras.
Esa era, al menos, la opinión de 52 niños del noroeste colombiano.
Y uno leía y se daba cuenta del garrafal olvido en que se había incurrido. ¿Cómo es que no teníamos un vocablo para designar la flojera de ir a estudiar o trabajar los lunes (lumpereza)?, ¿qué descuido justificaba el no haber creado una palabra que significara mentira que va creciendo más y más (pinochada)? Parecía imposible, pero habíamos pasado 1001 años de la lengua española (diría Emilio Alarcos Llorach, que fue académico hasta 1998) sin definir el suspiro ahogado y repetido que se produce al bañarse con agua fría: fruspiro.
Y qué decir de flapigozo. ¡Cómo que nadie había pensado en una palabra que significara, simplemente explosión de gozo!
Qué vergüenza. En la noche que descubrí ese boletín, me senté al aire libre a conmiserarme por mi vano sentido lingüístico. Padecí la pura tristesinra (tristeza que se siente como un huequito en la barriga y que no tiene razón definida). Vaya, que sólo el lunor logró reanimarme (lunor: dícese exclusivamente de la luz de la luna).
Y es más, ya agarrando vuelo, también debería haber un diccionario ordenado con más inteligencia, por vida suya. Lo de la distribución alfabética sólo interesa a paleontólogos. La Onda sería concatenar las palabras por el cariño que nos inspiran. Según los niños colombianos, la primera que debería aparecer sería chocolate, ¡claro!, ¿o hay alguien que tenga algo contra esa palabra? Seguirían música, carcajada, soñar, fútbol, mágico, amigo, montaña y mamá (yo agregaría jacaranda).
Esos niños se reunieron como acto previo a la asamblea de las academias de la lengua que recién concluyó en Colombia. Muy pertinentes las sugerencias infantiles, ya se ve, pero los tres veces hache señores académicos no hicieron caso.
Pues yo voy a usar esos palabros, me dije, y también palitroche y… y entonces descubrí algo.
Si yo las usaba, si los niños y la gente empezaba a usarlas, qué más daba que los académicos las canonizaran. Fue una revelación. Al fin entendía cómo surgen las palabras: la gente necesita nombrar algo, y los eruditos se limitan a coleccionar las invenciones.
Pero no sólo de palabras vive el hombre, reflexioné. Más bien de frases y párrafos, y de declaraciones de guerra y de amor y… de cuentos y novelas, supongo.
Y quise aprender a escribir. Si reuniendo 28 letras se podían seguir creando palabras a centurias de surgido el español, y de la reunión de palabras antiquísimas surgían a diario poemas rabiosamente contemporáneos, ¿cuántas sagas, cuántas dinastías no se podrían contar colocando aquí y allá —sabia, cariñosamente— enunciados y frases, párrafos y capítulos? ¿Cuántos años, cuántas soledades?
Aquello fue un Pentecostés chiquito. Después de este descubrimiento, yo sólo podía decir, junto con Shakespeare: El resto es murmulencio… O, más explicativo si se quiere a tenor de la Academia: murmullo que se oye en el silencio.
*Juan Carlos Ortega Prado es coeditor Nacional de Excélsior |