
Silvio Rodríguez
|
Hay personas de signo negro. En algún momento de su vida enfrentan la disyuntiva de fomentar la belleza o arrancarla de tajo. Y deciden molerla, aplastarla, matarla. Están, por ejemplo, aquellos que durante la Guerra Civil Española mantuvieron en la cárcel al poeta Miguel Hernández hasta que la tuberculosis lo arrasó a sus 31 años; o está el fascista Ramón Ruiz Alonso, que persiguió y asesinó a Federico García Lorca. Para él, y para gente de esa ralea, existe un rincón dentro de la crónica negra de la humanidad, ese lado oscuro que estigmatiza a todos aquellos que tropezaron alguna vez en su vida con la nobleza o la excelencia y la aniquilaron, como mejor define el periodista Jesús Ruiz Mantilla.
Casos extremos, homicidas de lo que nos hace dulcemente humanos, nos duelen doble porque no son esperpentos o extraterrestres, sino la exacerbación de otra de las facetas del hombre: la ignorancia espoleada, la sevicia, la estolidez.
Y se llega a esos niveles de brutalidad porque existían —existen— sistemas que la permiten, fomentan y premian. La suma de muchos ojos cerrados, de mucho despropósito, suele desembocar en crímenes así.
Por eso la importancia de combatir las estructuras políticas o ideológicas que exaltan estas castraciones del alma. A esas sí, extirparlas de raíz o, si no se puede, repudiarlas desde el nido de honestidad intelectual que todos poseemos, desde la conciencia de seres libres.
Leo en un cable de la agencia informativa AP: El cantautor cubano Silvio Rodríguez, nominado a los Premios Grammy Latinos 2007, lamentó que no se le concediera visa de entrada para cantar en tierra estadounidense.
Y no sé, no sé quién pueda atribuirse el derecho de negarle la poesía al prójimo. Desde tiempo atrás he creído que una falla en la Declaración de los Derechos de hombre fue omitir el derecho al arte. ¡Que la libertad de expresión no es sólo para decidir qué se dice, sino también para elegir qué se escucha! Y es un derecho de cada persona, no de gobiernos o sistemas.
Aristóteles decía que una de las tres maneras de alcanzar la verdad era la poesía. Por eso se explica el temor de los Estados Unidos a oír esa voz gigante. Y la sinrazón de esa censura se evidencia cuando el autor de Días y Flores responde: Estados Unidos es un país culturalmente de una universalidad admirable. (…) Cada vez que en los conciertos alguien grite Cuba sí y yanquis no, invariablemente seguiré deseando que cuanto antes podamos decir: Cuba sí, yanquis también. Hay estaturas morales.
Y la restricción para que Rodríguez acudiera a los Estados Unidos no vino con la explicación que uno podría esperar. Llegó, más bien, escudada en la cobardía y en el silencio. No hay razones, hay coacciones. Y se evidencia —también, de nuevo— el incumplimiento norteamericano de los tratados internacionales entre Cuba y los Estados Unidos para la entrega de visas. Y la tirria. Y el bloqueo.
Porque, y bien lo resumió el poeta: Ese gobierno (de Estados Unidos) no soporta a quienes se atreven a no pensar como ellos. Así que estamos pagando por nuestra vocación soberana y por la proximidad territorial.
Cuando leo ese comentario suscribo y subrayo lo que José Martí apuntó hace más de un siglo —cito de memoria—: Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos. Esos son de signo luminoso, significan porvenir.
* El autor es coeditor nacional del EXCÉLSIOR. |