
Estética Emo
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Son famosos. Tristemente famosos. Los emos (adolescentes adictos a la melancolía y con una estética oscura y andrógina) han saltado a la popularidad porque se ha puesto de moda golpearlos. Querétaro, Pachuca, el Distrito Federal y Morelia son algunos de lo sitios donde han sido agredidos por —leo en diversos periódicos— jóvenes punks, darks y metaleros, entre otros. Y me enoja muchísimo que les hagan eso, porque la intolerancia entre muchachos es, creo, uno de los peores dolores que una sociedad puede enfrentar. Ahora me entero que han convocado por Internet a que los golpeen en Morelia (refugio del humanismo en tantos momentos de nuestra historia latinoamericana). Ojalá que no lo hagan.
Según me informan amigos punketos, lo que les irrita de los emos es que, pese a que surgieron de un movimiento musical con una propuesta más o menos definida, ahora son sólo facetos, es decir, faroles, o sea, fantoches. Ok. Que sólo son una pantalla sin ningún ideal o identidad, resumió algún colaborador de Wikipedia. Lo preocupante, entonces, es que los agresores se asuman con el derecho de reeducar emos a patadas (¿remember los gulags soviéticos?). Cual policías de la profundidad ideológica me recuerdan a George W. Bush, genocida que se siente policía mundial de las democráticas intenciones.
Ese argumento es hipócrita. La anarquía —corriente que en teoría defienden los punks— fomenta el gobierno de uno mismo, el autocontrol, en último caso. Y Bakunin no requería alcoholizarse ni reunirse en manada para refutar a sus adversarios (tal como han hecho los agresores de los emos).
Yo no me siento, ni de lejos, cercano a las posiciones de uno u otro bando. Rechazo de tajo que alguien canonice la depresión como filtro para descifrar la vida. No simpatizo con la idea de vestirse como mujer y hombre al mismo tiempo. Me purga que cualquiera crea que la anorexia o el suicidio juvenil son opciones. Y honestamente detesto este individualismo bruto, fanático, que algunas tribus urbanas pregonan: los emos, escudados tras el discurso de respeta la intensidad de mis sentimientos, y los punks, con su no te metas con mi derecho a la autodeterminación. Pero soy conciente de que todos tenemos el derecho a ser como nos dé la real gana, mientras no explotemos a nadie y no seamos unos parásitos sociales. Si este tipo de golpizas, de suyo, algo rompen del pacto social, el hecho de que provengan de alguien que igualmente exige respeto a sus manifestaciones (bullying, se llama el fenómeno en inglés) es una oda a la simulación. A la fantochería.
Salvador Allende (ex presidente chileno socialista, defenestrado por Pinochet) dijo que ser joven y no ser revolucionario es una contradicción, incluso biológica. Pero la natural rebeldía adolescente puede ser encauzada de muchos modos. O extirpada. La pregunta, entonces, es ¿qué sociedades estamos creando que no modelan jóvenes revolucionarios (es decir, que han logrado torcer el desarrollo normal de un adolescente), sino muchachos timoratos, golpeadores, intolerantes, doblegados desde los 12 o 14 años? ¿Qué responsabilidad tienen padres y maestros en este juego perverso de olvidar el valor del carácter?
El error está, me parece, en que los papás sí aprendieron de sus progenitores a sobreponerse a la adversidad: sobrevivieron tres crisis, la guerra sucia, al PRI, a la Televisa del Tigre, a las nacionalizaciones, privatizaciones y rescates. Pero los padres de la generación emo no han sabido enseñar cómo sobreponerse a los tiempos buenos. Que son éstos. ¿O que les ha faltado a sus hijos? Tienen educación, casa y salud asegurados. La mayoría no había nacido cuando el levantamiento del EZLN, el error de diciembre, los homicidios de Posadas, Colosio y Massieu. Pero están deprimidos. Los muchachos, que no son tontos, saben que es tiempo de vacas gordas, pero conveniente lo olvidan.
Ojalá que en algún momento metan las manos. Para quitarse los golpes de sus agresores (y acomodarles unos cuantos). Contra la comodidad de dejarse humillar. Contra los que se benefician al mantenerlos deprimidos (aunque papi y mami estén entre ellos). Contra la dejadez. Contra su indolencia.
* El autor es coeditor nacional del EXCÉLSIOR. |