Con el anuncio de la primera vez en Cuba, un libro cinematográfico sube a las tablas. Se trata de La Pared, largometraje de Alejandro Gil, que entró al repertorio del habanero Vi-Tal Teatro como Puerta de emergencia; en la versión de su director, Alejandro Palomino, y Yasmín de Armas.
Si bien, buena parte del público que copó la sala fue expectante por el recuerdo cercano de la película, vista en el 28. Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, no se fue sin distinguir la recreación que planteó la puesta.
Así subieron los mismos derroteros psicológicos del protagonista, un hombre confinado en su existencia, pero esta vez mediante la distancia que separa al cine del teatro.
Por tanto, el acento de la palabra fue sustancial. Puerta de emergencia debió valerse –sobre todo- del recurso verbal, para afrontar y confrontar, sin mayores vericuetos o regodeos escénicos. De tal manera los personajes se enfrentan y reflexionan desde la carga filosófica y el pertrecho metafórico en que se realizan los textos.
Los sinsabores de la libertad individual –caro asunto universal- se expanden y refuerzan constantemente. Para cada personaje tiene su propio sentido, sea mediante la imposición asumida o el dogma escogido, la esterilidad o la asechanza social. Pero, sobre todo, le es vital a Carlos –a ratos Daniel o Diego-, para quien el confinamiento robustece la solidez de su estigma. De manera que, cual víctima por momentos, alcanza estatura categórica y resuelta, hasta identificarse con el espectador.
Pero la palabra, y los silencios que bien acentuaron el clímax del final con una Gina Caro de clase en el rol de la madre, necesitaron del desplazamiento y los cambios. Las escenas, en los dos grandes momentos por las que transita la pieza, bien pudieron recurrir a cambios menos reiterados: esos que, desde la primera vez, ya adelantan un próximo; y vuelven monótonas las situaciones.
Todas las entradas y salidas de los personajes parecieron tan socorridas como evidentes. Y a eso, si se añade la teatralidad excesiva e irrelevante que provocó el desbalance actoral, sus tonos predispuestos y el efectismo de recursos manidos, restaron al dinamismo que pudiera enriquecer la puesta.
Puerta de emergencia, entretanto, se llevó abundantes palmas por el ejercicio del diálogo y el decir sin dobleces, sirviéndose de la metáfora donde fue necesario y la palabra directa, cuando su servicio resultó útil. Manifiesta reacusación con que el texto dramático trasmutó las imágenes fílmicas, para provecho del nuevo espectador que asumió la historia.
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