“Quiero vivir de una manera que trabaje con mis manos y mis sentimientos y mi cabeza”, murmuraba Katherine Mansfield, describiendo a una muchacha enferma de sarampión que leía en un jardín. La muchacha, ahora una mujer, reaparece en el panorama teatral cubano, tomando a aquella escritora como centro del unipersonal Suite para Katherine sola.
Protagonizado por la actriz Gema Castro, premiada en el festival de monólogos de la ciudad de Cienfuegos, al sureste de La Habana, la Suite de Antonia Fernández se convierte en un espectáculo casi autobiográfico, donde la emoción y la investigación son los hilos que componen el tejido.
El texto se concentra en momentos significativos de la escritora neozelandesa como su íntima relación con Edith Bendall e Ida Baker, la extracción de su malogrado hijo y su estancia en el hospicio de Gurdjieff y elige, en vez de citas de Katherine, pasajes de otros escritores que vivieron cercanos en el tiempo a ella y que tuvieron experiencias similares, como Maiakovski, Anais Nin, Franz Kafka y Lorca.
Antonia escoge el último día de la vida de Katherine, un día gris, como ese traje de la muerte, donde la escritora sentada en la platea decide entrar al escenario para escribir la última página de su diario. La muerte que ha asumido la condición de acompañante, se torna al final, junto al resto del público, una espectadora más de la única nota de la Suite.
La condición de Katherine Mansfield como narradora de historias, asume en el espectáculo una posición enriquecedora pues se confunde con la inocencia de una niña macabra que juega con las muñecas, o con la heroína que invita a la muerte a una minúscula mesa de té y la trata como a una invitada más. Katherine (como Antonia) se vuelve fabuladora de sí misma y juega a representar su vida en una solitaria habitación.
La actriz Gema Castro interpreta a Katherine como una mujer contemporánea y logra una muy buena precisión en los gestos y en el empleo de las palabras. Los objetos utilizados transitan por varios significados dependiendo de las situaciones y los espacios sugeridos; el ovillo, por ejemplo, es péndulo, es sangre, es camino, es vida.
Los hilos y la soledad de la Mansfield se me parecen al empeño de Antonia por sacar a su Estudio Teatral Vivarta hacia delante. Quizás por eso aquella muchacha piensa en Katherine y murmura: “Ella nunca llegó a ser la escritora que quería pero no dejó de escribir nunca”.
*Tomado de www.cubaescena.cu
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