Teatro de las Estaciones
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Fue José Martí el que nos enseñó el más lacerante y profundo sentido de lo que es el amor a la patria: El amor, madre, a la patria, no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas; es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca. Escrito por aquel joven poeta de apenas 16 años, anegado de lucidez y pasión, en su poema dramático Abdala.
Es este el mismo creador que nos ha entregado ese poema hermoso y ejemplar que compele siempre a nuestra memoria, como una señal perenne de ternura y humanidad: Los zapaticos de rosa, en el cual se evidencia la calidad dramática del texto y la lucidez de su alcance existencial.
Teatro de las Estaciones, el colectivo de Matanzas, una vez más apuesta por la sensibilidad y esa mirada hacia lo permanente y renovado de nuestro espíritu, al asumir este argumento que todos los nativos de esta Isla, donde quiera que estén, reconocemos como propio. Así, Rubén Darío Salazar y Zenén Calero crean el concepto e idea visuales.
Zenén Calero Medina establece el diseño de figuras, vestuario, escenografía y luces de gran originalidad y belleza. Rubén Darío Salazar hace una puesta en escena engarzada con rondas traídas de todos los tiempos y donde lo lúdico se conjuga con lo afectivo.
Ambos asistidos de la tierna asunción en la asesoría dramática de Yamina Gibert, se confabulan de nuevo con la ya asidua Elvira Santiago, creadora de la música original y los arreglos quien nos da clarinadas de luz y de nostalgia con sus creaciones, de una organicidad y vitalidad poco común.
Si una virtud alcanza la coreografía y entrenamiento danzario de Liliam Padrón es la de no evidenciarse y lograr una fluidez escénica que parece producto de un adueñamiento de los actores del escenario y del sentido de agrupación y composición escénica.
Y ahí están esos actores frescos y galantes, gentiles caballeros en su expresividad como son Iván García y Yerandy Basart. Y esas preciosas damas encorsetadas y derrochando elegancia y distinción como actrices de la mejor escena: Migdalia Seguí y Fara Madrigal, esta última al tope en la conjugación de sus dotes como actriz. Todos ellos con la contención y la mesura que reclamamos para conmovernos.
Tras ellos uno descubre la mano de Rubén y Zenén y la de ese señor actor que es Carlos Pérez Peña y los profesores de canto José Antonio Méndez Valencia y Reinaldo Montalvo quienes han sabido sacar de ellos lo mejor de sus posibilidades interpretativas.
A la función que asistí los niños, las niñas, deslumbrados y cómplices decían por lo bajo, y en otras ocasiones en alta voz, pasajes de los versos; cumpliendo lo que nosotros desde la platea hubiéramos querido hacer; pero que la emoción de lo revelado en escena nos impedía. Lo que en más de una ocasión de la representación nos llevó a secarnos una recia y furtiva lágrima de las mejillas.
Y todo esto se logra tras apenas cinco funciones de un espectáculo que sabemos seguirá creciendo y ganará en precisión, y alcance con las sucesivas representaciones; y que está predestinado para agradar a niños y adultos que quieran encontrar un espejo de ternura, buen gusto y profundidad humana y que ahora Teatro de las Estaciones, nos devuelve con las imágenes que reclama el presente.
* El autor es dramaturgo, director de la Compañía Teatral Rita Montaner y colaborador de CMBF Radio Musical Nacional. |