Michaelis Cué
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Howard Zinn, el historiador que narró y escribió La otra historia de los Estados Unidos, desde el punto de vista de los de abajo, falleció el pasado enero a los 87 años de edad.
El célebre letrado norteamericano había asistido en La Habana al estreno en el 2004, en la Sala Teatro Adolfo Llauradó, de su monólogo Marx en el Soho, a cargo del actor y director Michaelis Cué.
En esa ocasión Zinn recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de La Habana y el poeta Roberto Fernández Retamar presentó la edición cubana del ensayo devenido best seller.
No es aventurado decir que la premier habanera de Marx en el Soho constituyó un suceso teatral, y la versión escénica fue calificada por su autor de trabajo maravilloso y puesta única.
En aquel momento Zinn alabó al actor cubano, quien — dijo— se convierte en todo un acróbata que da vida a todos los personajes, además de sacar gran partido del texto.
Los cubanos no fueron sorprendidos, pues Michaelis Cué es un destacado profesional de la escena, siempre enrolado en proyectos de valía.
De su currículo actoral pueden destacarse piezas como La alondra, de Jean Anohuil; Sancho Panza en la Insula, de Alejandro Casona; La lección, de Ionesco; La vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne; La hija de las flores, de Gertrudis Gómez de Avellaneda; Las tres hermanas, de Antón Chejov; La dama boba, de Lope de Vega; Santa Juana de América, de Andrés Lizárraga; así como Manteca y Delirio habanero, ambas de Alberto Pedro.
Durante su prolífica carrera ha sido miembro de grupos luego considerados emblemáticos, entre ellos Los Doce, Teatro Estudio y Teatro Político Bertolt Brecht.
En su homenaje a Zinn, Michaelis Cué repuso el premiado y exitoso unipersonal, cuya versión realizara a cuatro manos con la teatróloga Bárbara Rivero.
Cué y Rivero logran no sólo agilizar el difícil y polémico texto con la figura de Karl Marx como centro, sino acercar el argumento a las circunstancias del espectador cubano.
La anécdota de la obra es sencilla. A Marx le permiten regresar una hora a la tierra porque Cristo no puede hacerlo, para hablar a un auditorio, pero por errores burocráticos, en lugar de llegar al Soho londinense, donde escribió El Capital, lo envían al Soho de Nueva York.
El actor, en este caso Michaelis Cué, vestido y caracterizado como Marx aparece en el escenario, mira al público y exclama: ¡Gracias a Dios un auditorio! Comienza así Marx en el Soho.
Zinn, a través del personaje teatral en que ha convertido a El Moro, confiesa de inmediato su intención: dar a Marx la posibilidad de explicar su teoría después de la caída del Muro de Berlín y la muy divulgada teoría del fin de las ideologías.
El autor, y el actor, presentan no únicamente al filósofo y extraordinario economista, sino al ser humano que fue El genio de Treveris, a través de escenas de su vida familiar, su esposa Jenny de Westfalia y su hija Eleonor, la polémica con algunos de sus contemporáneos, como Bakunini, y su profundo sentido de la amistad dada por su extraordinaria relación con Engels.
La función, de apenas una hora, permite a Michaelis Cué, con ese dominio que tiene de las técnicas actorales, transmitir intenciones, provocar y hacer reflexionar al espectador gracias, naturalmente, a que la pieza de Zinn combina reflexiones agudas, ironía y humorismo.
Lo hace Cué, además, desde lo interno, con variedad de recursos, como el tratamiento de la voz o las sutilezas con que asume cada personaje que aparece en una historia que va desde lo íntimo a lo público.
Funciona la obra en La Habana, probablemente como dijera el propio autor en una de las múltiples entrevistas que le realizaran porque se presentan las ideas del marxismo de una forma clara y sencilla.
Es una combinación de humor y experiencias, humanas y familiares, y uno hasta puede reírse de Marx, quien no aparece en el escenario como alguien que lo sabe todo, dijo entonces.
Al final, queda la interrogante: ¿es Marx en el Soho un monólogo?
Lo es en su referente teatral, pero también magia con sus tres maravillosos personajes: El Moro, Howard Zinn y Michaelis Cué.
Foto Pepe Murrieta
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