Maestro Electo Silva |
Cincuenta años cumplen la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba y el coro Orfeón Santiago, que dirige el Maestro Electo Silva, y decidieron celebrarlo juntos en el espacio dominical del habanero Teatro Auditórium Amadeo Roldán con un concierto dedicado a los hermanos pueblos de Chile y Haití, con el saxofonista Miguel Villafruela invitado en calidad de solista y el Maestro Enrique Pérez Mesa como director.
El Maestro Villafruela interpretó Concierto para saxofón tenor y orquesta, de Hans Helfritz, una obra con tremendo nivel de elocuencia a la distancia de los 65 años que tiene de compuesta, reflejando la suma convergente de proceso evolutivos musicales que tensan las habilidades y capacidades expresivas del solista, la orquesta y la mediación de la batuta, en una compleja dramaturgia en la que cada músico debe integrarse coherentemente, como fuera el caso, al plan expresivo del solista.
Éste, por su parte, derrochó un sonido de extrema pureza y controlado hasta el mínimo matiz finamente graduado y claramente diferenciado, en el tan rico entorno de armonías fuertemente contrastantes, tanto como los efectos de color instrumental y los temas musicales que en ocasiones representaban una abrupta ruptura en el orden sucesivo y en ocasiones al actuar simultáneos, cada uno con su propia personalidad, todo en la orgánica integración que le dio a cada elemento su lugar y credibilidad en el discurso musical general.
El Maestro Electo Silva, por su parte, se entregó en esta oportunidad dirigiendo y como compositor, en su Misa breve caribeña que combina los caracteres propios de la introspección y el recogimiento con algunos tintes festivos y raíces populares de varios países que son, según él mismo, un lamento caribeño en el Kyrie, cinquillos en el Gloria, esbozo de rumba en el Credo. Todo en una síntesis muy cuidada.
Hay, además, pasajes de gran fuerza dramática apoyados en el manejo de contrastes bien conducidos entre las sonoridades más fuertes –en dinámica y armonías-, con la suave eufonía que arrulla y conduce al reposo después de la agitación o de la algarabía.
Dos arreglos de temas haitianos hechos por el propio Maestro se incluyeron en la primera parte de la actuación del Orfeón Santiago independiente, en uno de los cuales, la Invocación al sol, se destacó el solo de Griselle Gómez, melancólico y profundo, y fuera de programa, como una sorpresa, le tocó a ella hacer también, el Gracias a la vida, de Violeta Parra, con una serie de variaciones del carácter expresivo en cada nueva repetición que le aportaba energía y aliento crecientes a esta canción antológica, tantas veces interpretada, siempre conmovedora.
El final fue ciertamente apoteósico integrando al coro y la sinfónica para el Gloria en Re Mayor, de Antoni Vivaldi, cerrando con el Magnificat, en el cual fuimos testigos de una realización que suma esfuerzos separados luego vueltos a juntar y puedo decir que con una devoción ejemplar que caracterizó igual a los cantores poniendo el sentimiento en el texto y la melodía, como a los instrumentistas haciendo canción si palabras lo que tanto Vivaldi como Schubert volcaron de una religiosidad que no es sólo constricción y arrepentimiento, pues igualmente, celebra entusiasta la resurrección, y pienso que no fueron escogidas al azar, que ciertamente están muy ligadas.
En cualquier caso, demos por asimilada la lección, la de una música que renueva la esperanza en su sentido de unidad, evidente en lo artístico, cuando gracias a la sólida preparación técnica y a la capacidad expresiva de nuestros músicos un proyecto tan ambicioso como éste logró cuajar en tan altas cotas que deben su resultado a la ingente labor de los maestros Enrique Pérez Mesa y Electo Silva. Éste último, además, fue quien reconoció a Dania Abreu por su desempeño en el montaje de estas obras, algo que merece figurar impreso en letras mayúsculas.
* El autor es musicólogo y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional.
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