Harold López-Nussa es ya un nombre habitual en el panorama de la música cubana, más bien cuando nos referimos a los jóvenes jazzistas que están marcando una pauta significativa en nuestros días.
En una ocasión, el propio Harold le confesó al autor de este comentario que su decisión por entrar de lleno en el mundo de la improvisación, el jazz y otros géneros de la llamada música popular comenzó cuando tenía 17 ó 18 años de edad. Por aquel entonces cursaba el tercer año de nivel medio-superior en el Conservatorio Amadeo Roldán, de La Habana.
Hasta ese momento, era conocido por los triunfos obtenidos en el Concurso Amadeo Roldán (Gran Premio), Concurso Iberoamericano de La Habana (Primer Premio) y Concurso Internacional Citta di Senigalia, en Italia (finalista); todos dedicados a la interpretación del repertorio clásico internacional.
Indiscutiblemente, Harold no podía escaparse de la tradición familiar, así lo sintió desde pequeño en las reuniones, charlas, audiciones, descargas, conciertos… en los cuales estaban su padre, el percusionista Ruy López-Nussa, y su tío, el pianista Ernán López-Nussa. Por todo ello no le fueron nunca ajenos el jazz y la improvisación, sólo que quizás permaneció guardada esa inquietud hasta que encontró la madurez suficiente para encausarla.
Actualmente, es muy común que los estudiantes que tienen esas dotes, muestren parte de sus habilidades en el concierto de graduación de nivel medio o nivel superior, compartiendo el programa con las obras que exige la academia.
Sin embargo, Harold López-Nussa Torres fue, quizás, el primero que llevó a efecto esa idea en su recital de graduación del Conservatorio Amadeo Roldán, cuando interpretó, además de las obras de Johann Sebastian Bach, Frederic Chopin y Serguei Prokofiev, algunos temas jazzísticos junto a un pequeño grupo en el que se encontraban familiares y amigos. Probablemente fue aquella –también- la primera vez que él se presentaba al público en esta otra faceta musical.
El tiempo y la constancia se encargaron de cultivar y desarrollar su talento. Transcurrieron pocos años y, en 2005, Harold López-Nussa quedó anunciado como el ganador del Solos Piano Competition del Festival de Jazz de Montreux, en Suiza, uno de los eventos más exigentes de su tipo en Europa. De esta forma, Harold se inscribía entre los más talentosos jazzistas de su generación.
Su primer disco grabado en Cuba llegó poco después, como parte de la colección The jazz youg spirit, de Producciones Colibrí. Un concepto diferente proponía Harold, alejado de lo que normalmente atrae a los jóvenes cubanos: hacer su ópera prima con piezas de su autoría y más bien en la tónica del latin jazz.
Es entonces que nos regala sus versiones de ocho canciones -de ahí su título- compuestas por Tom Jobim y Vinicius de Moraes (A felicidade), Miguel Matamoros (Olvido), Pablo Milanés (Para vivir), Santiago Feliú (Para Bárbara), Carlos Varela (Detrás del cristal), Fito Páez (11 y 6), César Portillo de la Luz (Contigo en la distancia), Silvio Rodríguez (Causas y azares) y otra del propio Harold (Bailando suiza).
Las opiniones al respecto fueron diversas, como todo en la vida. Algunos pensaron que no debía ser ésta la visión que había que dar de Harold López-Nussa en su primer registro discográfico.
Generalmente este tipo de propuestas la encontramos en artistas de larga trayectoria que deciden ofrecer algo diferente al cabo de los años. Pero, ¿por qué no entender entonces que Harold tiene ya la madurez como para darse el gusto de recrear canciones antológicas de otros y poner a prueba su oficio musical?
Recibamos, pues, este fonograma como una muestra de gran lucidez y autenticidad. Sí, porque es muy auténtico respetar cada una de estas bellas melodías y hacerlas suyas a través de versiones únicas, todas realizadas por Harold López-Nussa.
En dichos arreglos, este joven músico denota un meticuloso trabajo, en el cual nada ha sido casual o improvisado, al menos en la estructura general de cada canción; además de un especial acierto a la hora de combinar timbres instrumentales. Al escucharlas, podemos convencernos que no podría ser otro más que el clarinete, el saxofón o la trompeta en cada uno de los temas en los que intervienen. Sin dejar a un lado la pericia con que se muestra la percusión y, obviamente, el piano.
En este afán, Harold se hizo acompañar de varios amigos que figuran entre lo mejor del joven jazz cubano: Ruy Adrián López-Nussa (batería), Néstor del Prado (bajo eléctrico), Yandy Martínez (contrabajo), Mayquel González (trompeta), Carlos Miyares (saxo tenor), Roberto Martínez (saxos soprano y alto), Mauricio Gutiérrez (percusión), Edgar Martínez (congas), Heikel Fabián (trombón), Ernesto Vega (clarinetes en Si bemol y bajo), y en el cuarteto de cuerdas a William Roblejo, Susan Santana, Marta Salgado y Lester Monier.
Además, figuran como invitados especiales otros de mayor trayectoria como Yaroldy Abreu y los hermanos Ruy y Ernán López-Nussa, con este último en un dúo de pianos insuperable, tras la versión de Los Muñecos, de Ignacio Cervantes, que aparece como bonus track dentro del disco.
Desde el momento en que lo tenemos en las manos, este fonograma ya nos inspira buen gusto. Y es que todo en él es perfecto: desde las notas de Leonardo Acosta, que nos advierte la valía del disco; la grabación de Maykel Bárzagas, realmente una labor encomiable; y las interpretaciones de los músicos, hasta el excelente diseño de Nelson Ponce y las fotos de Iván Soca que nos sugieren pensar acerca de la búsqueda que hizo Harold por esas canciones, a través del piano desprovisto de su maquinaria interna, como quien hurga en algo de antaño.
El paseo por las diez pistas de Canciones nos muestra la audacia de Harold López-Nussa al recrear inteligente elementos rítmico-melódicos del danzón, el jazz latino y afro, así como por aires de tango o Cha cha chá. No es ajeno en su concepto musical un marcado estilo cameral.
Digo esto por la utilización de un cuarteto de cuerdas y la interacción entre los restantes instrumentos, así como por los diseños musicales que Harold desarrolla desde el piano en cada tema.
Sin duda alguna, Canciones no es un producto más en la discografía cubana. Estamos en presencia de una verdadera obra artística, cuya producción musical, a la postre, estuvo a cargo del maestro Ernán López-Nussa.
Los premios Cubadisco 2008 que obtuvo en las categorías Ópera Prima y Mejor Grabación no son el único pretexto que motivó el presente comentario, sino también la invitación para que usted lo busque y pueda disfrutar esas melodías sin palabras que con este disco no temo al pensar se han convertido ya en las canciones de Harold López-Nussa.
* El autor es pianista y colaborador de CMBF Radio Musical Nacional.
|