
Maestro Angelo Pagliuca
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La Orquesta Sinfónica de Venezuela, dirigida por el maestro Angelo Pagliuca, inició una exitosa gira con música de todos los confines por cuatro ciudades de Cuba en el habanero Teatro Auditórium Amadeo Roldán, donde tuvo dos presentaciones, en la segunda de las cuales cedió el podio al maestro cubano Enrique Pérez Mesa. Santiago de Cuba, Las Tunas y Holguín completan el itinerario.
Sus programas abarcaron lo ecuménico, regional y venezolano, desde la Obertura 1812, de Chaikovski, que sumó algunos metales de nuestra Orquesta Sinfónica Nacional en los balcones del teatro para el clímax de un minucioso plan interpretativo de escalonada intensidad en carácter e intenciones, apoyado en una eficiente emisión del sonido y concepción musical en los atriles, todos a una en escenas sonoras bien diferenciadas a lo interno del polo épico en la Obertura…, a continuación en Sensemayá, de Silvestre Revueltas, inspirada en versos de Nicolás Guillén, con trazos igual de graduados al evocar el obstinado empuje y el drama de una raza, antes de asumir el aire inicialmente más apacible del Danzón No. 2, de Arturo Márquez, con su alternancia de secciones que van de un lirismo transfigurado en el impulso creciente del baile colectivo, primero como de salón, luego espectacular que retorna a lo lírico y se expande desde lo danzonero.
El segundo programa tuvo la dirección del maestro Angelo Pagliuca en Caballeria ligera, de Franz von Suppé, y la del maestro Enrique Pérez Mesa en el Concierto para violín y orquesta, de Piotr Ilich Chaikovski, con el joven y experimentado Iván Pérez de solista.
La Caballería… eficaz en sonido y expresión, balancea impulsos y brillantes efectos, sin efectismos baratos, de un introspectivo cantable o del ritmo galopante, en el cual las trompetas combinan una articulación ligada o el picado triple, todo ágil y ligero, fundiendo su ataque al de los violines en staccatto o legatto deslizante, pero sin un accidental desliz, apoyados por una percusión con brillo, cuerpo y perspectiva.
Para dirigir el Concierto… de Chaikovski, el maestro Pérez Mesa recibió como en bandeja una paleta sonora ya hecha que sólo precisaba balancear. Si por momentos se sintió que fallaba esto fue por la menor respuesta de la sala en algunos registros del violín y la mayor para una orquesta aplastante del forte hacia arriba, dicho sin olvidar que ciertos pasajes integran a solista y conjunto, o que en otros la emotividad reclama su protagonismo, opacando al resto.
El maestro Iván Pérez demostró temperamento y mesura cuando se requería. Se percibe su buena escuela, técnica y expresiva, lo que hubo de andar cuidadoso a solas con su violín, relacionado luego en pequeño formato para finalmente desplazarse con libertad de un ámbito a otro y fundir, como jugando, el concepto solista y el cameral, lo más aleccionador que le escuchamos aquí en su interrelación con todos y con algunos instrumentos de la orquesta.
En las dos presentaciones habaneras la segunda parte del programa trajo música llanera venezolana en arpa, cuatro, bandola y maracas, junto al cantante Luis Lozada, “El Cubiro Hijo”, además de música caribeña y cubana en versión a toda orquesta.
Escuchando al Heredero de Luis Lozada maravilla cómo se refleja el código genético en la voz, estilo y sabor. Si se los compara está el mismo formante vocal singular y sugerente, que no lo es sólo el llamado formante universal de la ópera llegando al último rincón del teatro sin amplificar.
Vale también éste, que suma el canto de trabajo, el vocear al viento, el eco de la cañada, y disfrutar cómo del arpa brota un torrente sonoro que Giampiero González reparte con varios cauces en contracantos diferenciados. Revivimos entonces, la admiración de Alejo Carpentier por el virtuoso del arpista llanero, gracias a esta orquesta fecundando un ecumenismo que no es sólo el europeo: vale el virtuosismo en la bandola de Pedro Castro, el cuatro de Desver Ramos, repartiendo planos melódicos y acompañamiento en brillantes solos, o el de Wilmer Montilla con sus maracas que entregan golpes inquietos con el bajo del arpa, y cuando van al solo es como si sufrieran el no poder cantar, pero quien les pone bien el oído, siente su modo de evocar el eco de géneros o variantes de joropos, golpes y pajarillos entrelazando sonidos secos o arrastres de semillitas.
Cerró una Fantasía cubana, versión de Sergio Elguin, compendio de todo aquello que nos identifica a lo interno y ante el mundo como lo sonero, rumbero, mambero, la guajira y la conga, con un nivel de autenticidad que no deja de asombrar a pesar de cuanto compartimos de base común los latinoamericanos, pero no es fácil encontrar a un costarricense, como el que asume la percusión sinfónica y la cubana, dándole cáscara a unas pailas, percutiendo en sus paredes metálicas, o alternando cencerro y caja china para repartir los golpes de sartenes en nuestra conga.
En el logro de este gran espectáculo, como lo fue, cabe un papel fundamental al director, maestro Angelo Pagliuca, pero asimismo, a la producción y realización, considerando tanto despliegue técnico como el que requirió conciliar los instrumentos llaneros con el tutti orquestal, con mención especial al Ingeniero Luis Yánez y a su asistente Ender Osuna. Ellos serán ahora los protagonistas de la edición sonora de una grabación que esperamos poder disfrutar y compartir algún día con los oyentes de CMBF en todo el país.
* El autor es musicólogo y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional. |