
Maestro Francesco Belli
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El Maestro italiano Francesco Belli volvió a situarse al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba en el habanero Teatro Auditórium Amadeo Roldán, con un programa de ciertas analogías al anterior, sólo que de una oscilación mayor en su expansión de estilos y caracteres expresivos.
Comenzó también con una obertura operática de Wolfgang Amadeus Mozart, la de Don Giovanni; seguida por un concierto de solistas –en este caso el de dos cornos y cuerdas- de Ludwig van Beethoven, con el cubano Pedro Luis González y el italiano Angelo Agostini de solistas; y retornando a la orquesta sola en la Sinfonía en re menor, de César Frank.
Desde su introducción la obertura asumió con Belli una imagen matizada de misterio; pero -asumida como el andante que es aunque se haga a menudo como lento-, en este caso el tremolado inquieto de las cuerdas nos llegó más atenuado y llano, algo que favorece el buen empaste.
También está el modo menor, en cuyo entorno se agudiza el contraste que aportan los acentos sforzattos, aunque Belli no enfatiza tanto las imágenes de ultratumba y de la resignación ante el designio fatal del destino, sino los cambios –conflictivos, eso sí, y bien dramáticos-, de esa mezcla entre culpa y ligereza, vistos por quien se divierte todavía en su vida terrenal.
Es así como llegamos a la segunda parte, después de una clara cisura, y que ambas imágenes se integran coherentemente en la continuidad de un discurso musical bien cantable –inspirador- por momentos quejoso, cuando más, pero presto a cantar su alegría de vivir.
El Concierto para dos cornos y cuerdas, de Beethoven, a cargo de Pedro Luis González y Angelo Agostini tuvo un atractivo especial, más allá de las características acústicas del corno y su técnica de ejecución, o de cómo hace más resistencia una columna de aire de mayores dimensiones en los pasajes ligeros, cuyo dominio fue creciendo a medida que ambos solistas lograban una mayor seguridad luego de algunos deslices en el primer allegro, donde sin embargo lograron alcanzar la necesaria claridad del discurso expositivo, que es lo esencial.
Luego vienen a destacarse por otras virtudes, a partir del sonido tan sugerente que consiguen haciendo sus partes a solo, en duetos donde saben tomar la idea que uno empezó para seguirla el otro, o llevarla al mismo paso, cada cual con su voz, por aquí majestuosos, por allá festivos; pero también le saben dar su toque íntimo, y es entonces donde la partitura, y la interpretación plena que hacen de ella, nos revela sus matices expresivos más sutiles con tanto rejuego dialogando, cantando juntos y contrapunteando en una interpretación memorable no sólo por lo poco frecuente que nos resulta, sino por su propia valía intrínseca.
Así llegamos al cierre con la Sinfonía en re menor, de César Frank, que despliega un amplísimo diapasón expresivo y tensa todos los recursos a disposición de la orquesta y el director, quien asumió en este caso con toda claridad de concepto interpretativo la tarea de conciliar tantas fuerzas involucradas, liberando energía gradualmente en un ir y venir de motivos que cuando parecen languidecer recobran nuevo impulso, y aquí reside justo el mayor reto para lograr tan fina escala de matices.
¿Cómo resultó? Podemos imaginar una réplica del big bang, esa especie de explosión evolutiva del universo, pero hecha música, de manera tal que las pulsaciones de la materia se conjugan como los astros en su unidad y diversidad de órbitas y contornos.
Sin embargo, en ese macrocosmos la Naturaleza se va cargando con elementos de una cualidad diferente: con el sentimiento, con las pasiones que se abren a zonas de luces y sombras, a lo radiante y lo tenebroso, al bien y el mal que entre la batuta y los atriles lograban encarnar en motivos melódicos de una sinfonía donde, como en la vida, aparecen y reaparecen con perfiles mutantes desde su diferenciada identidad.
¿Cómo pudo proyectar todo eso la música? Basta presenciar atentamente la profunda interrelación que logra el Maestro Belli para darse cuenta de lo que es el reflejo hecho sonido y concepto de cada gesto, para ver cómo cobran cuerpo las ideas y sentimientos plasmados por el compositor, recreados luego por sus intérpretes en un relevo de postas como el correo que nos trae un claro mensaje: la victoria es de la luz.
* El autor es musicólogo y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional. |