Maestro Carlos
Fernández Aransay |
Entre las múltiples actividades del XXII Festival La Huella de España (La Habana, 18 al 25 de abril), el concierto dominical de la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba incluyó como director invitado al Maestro español Carlos Fernández Aransay, con la soprano Bárbara Llanes y el tenor Ramón Centeno en calidad de solistas en arias de óperas y zarzuelas italianas, españolas y cubanas.
Considerando que la situación de los viajes aéreos en toda Europa atrasaron la llegada del director y por ese motivo tuvieron sólo cuatro ensayos para montar un programa tan complejo, con la mayoría de los músicos recién llegados de la gira que desarrollaron en Pinar del Río, un primer gesto de reconocimiento cabe para a ellos y para el director, quien tuvo además, la delicadeza de disculparse personalmente de cara al público (no a través de una distante voz en off), por la omisión de dos números del programa, aunque al incluir un encore para responder al entusiasmo del público retornó casi al mismo punto.
Junto a este detalle de cortesía, que proyecta una parte de su ética profesional, su desempeño musical, incluye otra bien fundamental como es la facilidad para lograr una comunión de intenciones, y la eficacia para transmitir los impulsos y las intenciones en medio de un andamiaje sonoro tan intrincado como éste, en el cual tuvo que moverse acompañando solistas –coordinando su pulso al de ellos- y manejando la orquesta en las más cambiantes texturas, conteniendo la participación de los guitarristas Luis Manuel Molina y Martín Pedreira en dos pinceladas de color que implican buscar el necesario balance, como sucedió en todo el programa, para dar a cada cuerda instrumental su debida presencia.
El tenor Ramón Centeno abrió impactante sobre todo por su ductilidad al pasar de ágiles y precisas filigranas, sin perder la compostura en colocación o en sentido de la lógica musical, como escuchamos en el Ecco ridente in cielo, de Rossini, y luego, en matices de profundo lirismo como en Una furtiva lágrima, de Donizetti, en ejemplar engarce con el fagot de Dasni Martínez y el arpa de Mirtha Batista.
Otros matices del cantabile nos trajo con A mes amis, del propio Donizetti, lo chispeante, con igual precisión para afinar y colocar una voz que mantiene su timbre de un registro al otro, y matizando en gradaciones para empastar con la soprano Bárbara Llanes en el A te o cara, de Bellini o, del mismo compositor, tres arias en un arco de la expresión dramática creciendo, decreciendo, retomando el vuelo para concluir en el Vieni, vieni, la primera parte del programa.
Todavía nos faltaba escucharle más para la segunda con arias de Emilio Arrieta, o en la Marcha de los estudiantes, de Cecilia Valdés, de Roig, llegando a un cierre bien apoteósico en Le va a oír, de Amadeo Vives, en un dúo con la soprano que merece pasar a las antologías, por ellos y por la inserción con toda la orquesta, atriles y batuta, mediantes.
Luego, vino un encore, porque aquí dejaron los ánimos bien arriba, y se despidieron con un dúo de La tabernera del puerto, de Zorozábal, cuando ya parecían haber alcanzado el tope y, sin embargo, tuvieron margen para entregarnos más.
La soprano Bárbara Llanes intervino también sola, y en estos dúos con Centeno, como queda en evidencia, ambos se desempeñaron con mucho poder y gusto interpretativo. Ella, además, ostenta en grado superlativo esas cualidades con la técnica que le permite sacar un torrente de voz, pero bien represado y encauzado, hasta dejarlo en un arroyo apacible o en un delgado hilo siempre claramente audible y delineado. En esto se manifiesta la técnica y la sensibilidad más finas, unidas a una cultura del estilo que le permite encontrar el justo medio en la expresión del sentimiento y en los juegos de la imaginación, manteniendo a raya el exabrupto pasional, pero avivando el latir y la respiración desde un pulso natural y fluido.
Así fue en las arias que interpretó sola y en los dúos, pero en estos se agregaba asimismo la ductilidad de una colocación, cuando marcha atenta a lo que hace el otro. Y valoro esto con una mirada global a sus denominadores comunes, mas, cabe añadir la referencia a los momentos en que su voz emula con la más precisa flauta en su entonación individual, que no es ajena a su sentido de la armonía, y en su agilidad para enlazar las más ricas ornamentaciones.
* El autor es musicólogo y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional. |