Maestro David Harutyunyan y la
Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba. |
El Maestro David Harutyunyan, armenio director titular de la Orquesta Sinfónica de Guayaquil, Ecuador, se situó en el podio en la Sala Covarrubias del Teatro Nacional para dirigir el más reciente concierto que ofreciera en su sede transitoria la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba.
Esta vez tuvo al percusionista Maestro Luis Barrera como solista en el Concertino para marimba y orquesta, Opus 21, de Paul Creston, obra que enriquece la imagen sonora de un instrumento calificado alguna vez de monocromático por su pretendido color instrumental único pero, sin embargo, como escuchamos en la interpretación de Barrera, él logra muchos matices que modifican los caracteres sonoros a partir de la técnica de ataques y el uso de baquetas con bolillos de mayor o menor dureza.
Pero va más allá en lo musical, porque él proyecta esos mismos recursos y matices para relacionar planos o relieves de diferentes sujetos y motivos melódico-rítmicos, todo con unidad, coherencia y elocuencia del discurso musical, combinando la técnica con la profunda sensibilidad.
Sólo un ejemplo de esa combinación que ya tuvimos oportunidad de captar en otro concierto anterior, pero no deja de maravillar y sorprender: Luis Barrera ha perfeccionado el llamado “redoble alternado”, un invento de Lee HowardStevens para trabajar con cuatro baquetas haciendo acordes, desgranando alternadamente los toques, todo eso en fracciones de segundo.
Así que, cuando en lugar del monocromático golpe de baquetas sobre láminas de madera se sienten unos sonidos como de órgano, no es la ilusión, no es porque Barrera también tuvo una formación completa de organista… no es pura coincidencia: es el despliegue del mejor arte presente en esa suma de buena y bien sedimentada técnica con toda la intención y el logro de la expresión.
Al Maestro David Harutyunyan le vimos desplegar una magia mayor que la sugerida musicalmente por Paul Dukas en El aprendiz de brujo. Sí, porque algo de eso había en el hecho de que con dos ensayos suspendidos y los tres restantes también accidentados (incluso en otra locación, pues la orquesta está usando para eso la rockoteca Maxim), lograran tanto acople, de la batuta a los atriles, al interpretar como lo hicieron una partitura que propone un entramado bien difícil de armar entre el despliegue gradual de una atmósfera ensoñadora, una marcha primero vacilante –pero todas las secciones fueron cayendo a tiempo-, luego abriendo hacia lo inimaginado; en fin: una ensarta de sorpresas en acontecimientos y atmósferas que consiguen resolver entre todos sin obstáculos.
Se añade al acople en el tiempo el de los conceptos interpretativos, con el carácter, la energía y fluidez que hacen de esta interpretación, el acto mágico de dar cuerpo y vida al efecto intangible, que Harutyunyan hace mover como el experto brujo que es.
Semejante magia flotaba igualmente, cuando interpretaban la Sinfonía Número 4, de Piotr Ilich Chaikovski que, con ser más predecibles y continuos en esta los elementos de la parla musical, no resultó sin embargo, igual de precisa en todos los detalles que presentan sus pasajes en bloques pero, en cambio, la orquesta respondió al empuje de la batuta redoblando el poder expresivo en su escalada de lo delicado cantable a lo enérgico y apoteósico. Y había que escuchar aquellas melodías y contracantos tomando cuerpo desde un vals que gana en organización e intensidad, como los huracanes, y bien cabe el símil pues ambos procesos se generan en los contrastes, manifiestos en este caso a lo interno de cada movimiento y en la sucesión entre ellos, como se percibe en el scherzo a base de pizzicato ostinato, moviéndose casi a hurtadillas, pero todos iban a una con la dinámica que va creciendo y decreciendo alternadamente con un vaivén, en que se siente la noción de distancia hecha cuerpo.
En otro sentido el Maestro Harutyunyan hizo derroche de técnica, concepto y dominio de la expresión: sujetando las bridas para luego arremeter a todo galope, moverse entre estaciones que suben, bajan, sostienen la calidez, pero siempre en una atmósfera en la que se respira y se canta a todo pulmón. Y vuelvo sobre la idea enunciada al principio, porque había magia en ese espíritu enérgico y optimista que se adueñó de la sala, donde no importaron los obstáculos reales, para crear la ilusión: cada cual puso lo mejor de sí en función del resultado y funcionó esa dosis de adrenalina escénica que empuja al artista de buena cepa.
* El autor es musicólogo y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional. |