Anaís Abreu |
La XIV Feria Internacional Cubadisco 2010 presentó en la Sala Covarrubias del Teatro Nacional –aledaño a la histórica Plaza de la Revolución- una Gala de clausura con intención de amalgama artístico-musical desde un formato sinfónico, por momentos sinfónico y coral, para incorporarle lo típico y de inspiración campesina, en una mirada renovadora de conceptos interpretativos, caracteres expresivos, colores instrumentales y, por supuesto, la diferente proyección escénica, todo sobre una idea y con la selección del repertorio a cargo de Ciro Benemelis, presidente de la Feria, y la dirección artística de Efraín Sabás.
Esa era la intención más evidente de sólo echar una ojeada al listado de intérpretes y orquestadores, en el que se cruzaban desde la Nueva Trova al pop-rock, pasando por los guaracheros y soneros más raigales, todos atemperándose a un entorno que se aparta del habitual en que les toca proyectarse.
Sí, porque no había palmas, cañas o pista de baile alguna sino, además del Coro Nacional de Cuba, que dirige la Maestra Digna Guerra, el Coro Polifónico de La Habana, liderado por la Maestra Carmen Collado, el Vocal Leo, de la Maestra Corina Campos, la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba, con el Maestro Enrique Pérez Mesa conciliando todo esto, más el añadido de políglotas musicales como Jorge Reyes (bajo), Osmir Ordóñez (percusión), Emilio Morales o Pucho López (piano), Elpidio Chappottín (trompeta) y Pancho Amat (tres típico), que lo mismo tocan en clave de son que de rumba o guaguancó.
Intención loable la de esta fusión y que, en sentido general llegó a cuajar, aunque algunos momentos se resintieron por la falta de ensayo y maduración del concepto resultante global.
Esto no alude sólo a la cantidad, sino también a la calidad de sesiones, por no haber contado con el mismo espacio y condiciones técnicas en que finalmente sonaría todo, de modo que algunos intérpretes, ya delante del público, andaban perdidos, aunque fueron entrando a golpe de oficio, incluyendo a quien más sufrió por esta situación, la joven Vionaika, que supo aprovechar la salvadora repetición que improvisara el Maestro Enrique Pérez Mesa para recuperar una entrada perdida y llenar el vacío -cualidad propia de los grandes, que saben levantarse para retomar el paso-, y luego pudo demostrar su verdadera talla en Como el arrullo de palmas, de Ernesto Lecuona.
Creo que vale la pena salvar la intención de un espectáculo como éste, pero en futuros empeños hay que defender su buena realización, porque con ello no sólo protegemos la imagen pública de los artistas sino además, el ánimo con que se enfrenten ellos a proyectos renovadores. Si no, en el mejor de los casos, cuando no les hayamos minado tan profundamente la autoestima, no habrá quién los mueva de lo trillado y convencional, tema sobre el vale la pena seguir meditando en modo mayor mientras, por el momento, vayamos a los detalles.
Sara González vino en su frecuente cruce de montuno y cancionística, y con la orquestación de Pucho López nadaba como pez en el agua. Su personalidad, además, le permitió responder espontánea al piano de éste y al tres de Pancho Amat con un floreado de repentismo en Mi tierra es así, de Radeúnda Lima y retomar un montuno en la cadencia retardada y el suspenso de un calderón (¡sin referencia de tono!). En Yo soy el punto cubano, de Celina y Reutilio, puso algo que aquella deja como insinuado, pero Sara subraya una articulación con acentos entrecortados, remedando vocalmente la sonoridad del tres, sin desprenderse de sus impulsos líricos.
Un alma nostálgica (de guajira cubana ralentada como si quisiera ser zamba argentina)rondaba aquel escenario con El gallo pinto, de Pancho Amat, orquestado por Beatriz Corona en un coral de cuerdas que sumó hasta al arpa de Mirta Batista. Pero Pancho dosificó la carga para salpicarlo de filigranas virtuosas, y no dejar que nos perdiera el recuerdo en lontananza.
Se impone mencionar la confluencia de líneas interpretativas atemperadas para incorporarlas al repertorio campesino o a la lírica emparentada con éste, como fuera el caso de Eme Alfonso, Premio en la categoría de fusión en 2009, presente con dos orquestaciones de Miguelito Núñez en Canción nostálgica, de Francisco Arce y Naturaleza, de Rosendo Ruiz, y en ambas daba gusto escuchar la inserción de su voz juvenil y con un dejo de pop dulcificado, no obstante, lo perfectible de algunos pasajes.
Sacando adelante la gran cancionera que es, Anaís Abreu vino para hacer subir la cuesta de aquel espectáculo con Amorosa guajira, de Jorge González Allué, liberando y matizando la voz con muy buen gusto al cantar, pero todavía nos reservaba una demostración mayor de soltura en la expresión con El madrugador, de José Ramón Sánchez, en un regodeo a piacere sobre una base de ritmo fijo a la que le puso mucho feeling, un estilo interpretativo en el que sin dudas, hay que contar con ella.
Hablando de amalgamas y contactos entre géneros y estilos, Coco Freeman interpretó Sitiera mía, de Rafael López y El amor de mi bohío, de Julio Brito, orquestadas por Beatriz Corona, proyectando la voz y el estilo propios, pero con el alma de Ramón Veloz en el recuerdo.
Similar intención parecía contener la voz y la orquestación de David Álvarez en el Guajiro natural, de un Polo Montañez transfigurado con los coros y los metales sumados a las cuerdas y Pancho Amat soltando ráfagas en descarga que hicieron volver al cantante a sus juegos habituales, no a los de manos, como alude en el nombre de su grupo, sino de garganta.
Kelvis Ochoa también se fundió a las orquestaciones de Juan Carlos Rivero, igual a toda orquesta y coro en El fiel enamorado, de Paquito Portela y El guarapo y la melcocha, de Eduardo Saborit, en esta última con un dejo más marcado de montuno, destacándose el sabor del bajo en tierra, recreado por Jorge Reyes, un músico de imprescindible presencia en todo el programa, pero dando una clara muestra de profunda comprensión de aquella raíz primigenia, de cuando el son pujaba en el vientre del monte tocado con una cuerda tensa entre un parche de yagua en la boca del hueco cavado en la tierra y el extremo de un arbusto arqueado: pulsa en la cuerda, palmea doble en la yagua… ¡y ahí viene el sabor!
El acento más profundo de lo típico lo dejó el Changüí Guantánamo en coherente orquestación de Conrado Monier que pone a los violines a recrear los toques escurridizos del tres changüisero, y a los sinfónicos a cogerle el golpe que daba gusto, engarzados con unos bongositos más inquietos todavía.
El cierre fue un homenaje a Celina González en orquestaciones de Beatriz Corona con la voz de María Victoria Rodríguez, primero sola ofreciendo, de su inspiración, Mis raíces, obra que dio título al disco que fuera Premio Especial Cubadisco 2010 y, con Reutilio Domínguez, Santa Bárbara, en el que la descarga fue matizada por la trompeta de Elpidio Chappottín. Homenaje dado en la evocación de su canto, pero sobre todo al asumirlo incorporando una personalidad creativa-interpretativa propia.
* El autor es musicólogo y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional. |