Fabrizio Ficiur |
La Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba (OSNC), dirigida por el Maestro italiano Fabrizio Ficiur, se presentó en su escenario provisional, la Sala Covarrubias del Teatro Nacional de Cuba, con un programa exigente y que, para las condiciones en que actualmente se desenvuelve su trabajo, resultaba un riesgo que el director y los músicos lograron con dignidad, dicho esto sin ocultar que en la Obertura de la ópera Nabucco, de Giuseppe Verdi se notara la indecisión inicial en los ataques de los metales.
Aparte de este bien audible detalle, una vez que el ímpetu se adueñó del escenario, el resto de la Obertura…, y todo el programa, ganó en cohesión y expresividad para afrontar las diversas situaciones dramáticas que esta música nos pone delante. Pero todavía marcó un crescendo mayor el Concierto para violín y orquesta en Re Mayor, de Piotr Ilich Chaikovski, con Ariel Sarduy, el concertino de la OSNC, en condición de solista.
Ese ímpetu fue tensando las exigencias en la mecánica de ejecución del violín, tanto como en el orden expresivo, que no deja lugar al reposo, porque cada propuesta y su solución entrañaban igual el arrojo y la decisión de echar al ruedo toda la potencia, en concepto y en cuerpo sonoro. El final del primer movimiento fue aplaudido, como sucede a menudo por su apoteósico cierre, pero bien merecido que lo tenían, el solista, el director y la orquesta, aunque todavía faltaba el paso, en el segundo movimiento, de aquel ímpetu hacia la introspección y profundidad de un canto que mata callando, seguidos de un contraste más notable todavía en el tercero, con transiciones bruscas, pero coherentes y convincentes, en el que se juega con el pulso de la música y, por supuesto, el de sus sensibles oyentes.
Si comencé refiriendo lo exigente del programa y el gran reto que supone en las condiciones en que en la actualidad desenvuelve su trabajo la OSNC, eso vale plenamente para lo comentado hasta aquí. Pero hubo mucho más, porque después del lucido Concierto… de Chaikovski, siguió el Bolero, de Ravel, en el que el lucimiento fue para toda la orquesta, guiada para permitirle jugar con la capacidad de dosificar las intenciones y de sostener ese crescendo, portador de una expresividad en todos los matices que adoptan los dos motivos reiterados en esta obra monumental, por el efecto logrado a partir de la orquestación y armonización como recursos expresivos centrales.
En la misma dirección, tal vez con otro sentido por sus intenciones más programáticas, se mueve la obra que cerró el programa, el poema sinfónico las Fiestas romanas, de Ottorino Respighi, que define una serie de situaciones cambiantes en una dialéctica más allá de los cuadros reflejados musicalmente, para penetrar en la vida misma de criaturas que tienen pulso, impulsos, instintos y sentimientos, bien caracterizados en esta obra donde el compositor, el director Maestro Ficiur y los profesores de nuestra Sinfónica se sirven de cuanto recurso pueda imaginarse al jugar con los contrastes para resaltar -en lo melódico-, lo cantable o lo incisivo, lo apacible o lo inquieto; en cuanto a imagen sonora, incluyendo la riqueza de armonías y timbres, hay desde la espacialidad con la ubicación de varias trompetas en otro punto hasta instrumentos de cualquier procedencia, tipo y color, con un desbordante set de percusión, con piano, diabólicos vientos y unas cuerdas a las que la partitura les pide todo lo imaginable en articulaciones, golpes de arco y efectos, hasta la pincelada de una mandolina que aquí el guitarrista Luis Manuel Molina, por no disponer de las cuerdas requeridas, y como si el designio fuera llevar más allá los límites de la sorpresa, hubo de remedar con una guitarra electroacústica configurando un timbre similar.
En medio de tan diversa trama sonora, en el que una sorpresa seguía a la otra, podía parecer que la música vagaba sin rumbo definido. Las notas aclaratorias de Respighi pueden servir para comprender el recorrido trazado desde momentos festivos para los romanos en diversas épocas, con la atmósfera del circo donde esclavos gladiadores y mártires eran enfrentados entre sí o ante las bestias, el arribo a la ciudad de los peregrinos y sus cantos de jubileo, las fiestas campestres o urbanas. Pero más que esas notas, porque al final es el oyente quien tensa su propia capacidad de asociaciones, estaba en el Maestro Ficiur y los profesores de la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba la condición de guías para mostrarnos que todos los caminos conducen a Roma.
* El autor es musicólogo y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional. |